La noche más difícil de Telecinco: el desgarro de Santi Acosta y Beatriz Archidona por la muerte de Raúl Triguero, “un amigo, una buena persona”
Hay noches en las que la televisión debería poder apagarse. No porque no haya nada que contar, sino porque el dolor es tan grande que resulta imposible encontrar las palabras. Noches en las que ponerse delante de una cámara, mirar al objetivo y pronunciar la primera frase de un programa se convierte en un acto de una valentía difícil de explicar. Anoche fue una de esas noches. Santi Acosta y Beatriz Archidona tuvieron que hacer lo que ningún presentador querría hacer jamás: despedir en directo a uno de los suyos. A Raúl Triguero, su compañero, su amigo, parte de esa otra familia que se construye en las redacciones, en los platós, en las interminables jornadas de trabajo. A Raúl, que había muerto en el accidente ferroviario de Toledo.
“Nos gustaría empezar este programa diciendo buenas noches, pero no lo son”. Así arrancó ¡De viernes! Y no hacía falta mucho más. Porque en esa frase cabía todo. Cabía la tragedia de las familias que habían perdido a sus seres queridos, cabía la angustia de quienes habían esperado durante días una noticia que nunca debería llegar, cabía el sufrimiento de los supervivientes. Y cabía también el de un equipo que tenía que seguir haciendo televisión cuando lo único que quería era que todo aquello no hubiera ocurrido.
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“Tampoco lo son para nosotros”. Cuatro palabras que explicaban el desgarro de una redacción entera.
No fue un homenaje al uso. No hubo esa solemnidad impostada que tantas veces acompaña a las despedidas televisivas. Lo que hubo fue un dolor de verdad, de ese que no se puede ensayar, que no entiende de escaletas, que no se puede contener porque una cámara se encienda. Santi Acosta y Beatriz Archidona no estaban hablando de un nombre que había aparecido en una noticia. Estaban hablando de alguien con quien habían compartido la vida. Y eso lo cambia absolutamente todo.
“Hay una frase que escuchamos constantemente. La vida sigue, pero la vida no siempre sigue”, sentenciaron. Es difícil encontrar una manera más dolorosamente certera de describir lo que estaba ocurriendo. Porque la vida sigue para quienes tienen que levantarse al día siguiente, para quienes tienen que volver a trabajar, para quienes deben enfrentarse a una rutina que ya nunca será la misma. Pero hay vidas que se han detenido para siempre. Y otras que, aunque continúen, quedan rotas de una manera irreparable.
La de Raúl Triguero se detuvo aquella mañana del miércoles 28 de octubre. Y con ella, una parte de la vida de muchísimas personas.
Fue entonces cuando el homenaje dejó de ser el recuerdo de un periodista para convertirse en algo mucho más íntimo. Porque Raúl no era únicamente un profesional de Telecinco. Era el hijo de Paqui y Paco, el hermano de Nora, el tío de un sobrino del que hablaba constantemente. Era el marido de Marcos, “el amor de tu vida”, como lo recordaron sus compañeros. Era un amigo. Era esa persona a la que, según contaron, todo el mundo quería.
Y escuchar cómo se dirigían a él, cómo hablaban de sus padres, de su hermana llorando desconsoladamente, de su marido, de sus amigos, hacía todavía más insoportable la injusticia de su muerte. Porque las tragedias tienen cifras, pero el dolor tiene nombres. Y cada uno de esos nombres es un universo que se rompe.
Hubo un momento especialmente hermoso dentro de tanta tristeza. Cuando recordaron que iban a mostrar las fotografías en las que Raúl salía más guapo, como a él le gustaba, pero que apenas habían tenido que elegir porque salía bien en todas. Cuando contaron que su madre les había dicho que, de pequeño, la gente la paraba por la calle para admirar a aquel niño de pelo rubio y ojos azules.
Esos pequeños detalles, aparentemente insignificantes, son los que terminan por desarmarlo todo. Porque no hablan de la muerte. Hablan de la vida que había antes. De la felicidad que existió. De todo lo que ya no podrá volver a ser.
Y también de la extraordinaria entereza de una familia que había soportado tres días de incertidumbre hasta conocer la peor de las noticias. Sus compañeros quisieron reconocer públicamente la humanidad de los padres de Raúl, su fortaleza en mitad de un sufrimiento inimaginable. Fue su madre, Paqui, quien les pidió que contaran cómo era su hijo. Que la gente al otro lado de la pantalla supiera quién había sido de verdad.
Recordaron su trayectoria en Telecinco, una casa en la que había trabajado como editor, reportero y, después, como guionista y subdirector de ¡De viernes! Recordaron su profesionalidad, su entrega, su capacidad para ganarse el cariño de cuantos trabajaban con él. Pero, sobre todo, recordaron a la persona.
“Hablar de ti en pasado ya es muy doloroso”. Quizá sea una de las frases más terribles que puede pronunciar alguien que acaba de perder a un ser querido. Ese instante en el que el lenguaje obliga a aceptar lo que el corazón todavía se niega a comprender. Ese pasado que llega demasiado pronto, sin pedir permiso, y que convierte cada recuerdo en una herida.
“En la redacción de este programa, hoy sólo ha habido silencio y dolor, muchísimo dolor“, confesaron.
Cuesta imaginar lo que tuvo que ser aquella jornada en los pasillos de Telecinco. Llegar al trabajo y saber que falta alguien. Mirar una mesa, un ordenador, una silla. Esperar, por pura costumbre, que aparezca quien siempre estaba ahí. Escuchar un nombre y sentir que se te quiebra algo por dentro. Y, pese a todo, tener que preparar un programa, decidir contenidos, organizar conexiones, cuadrar tiempos. Hacer televisión cuando la televisión es lo último que importa.
Contaron algo que retrata mejor que cualquier discurso el cariño que despertaba Raúl Triguero: compañeros de otras productoras se habían puesto en contacto con ellos para ofrecerse a realizar el programa de aquella noche. Para que sus amigos, su equipo, no tuvieran que soportar también el peso de sacar adelante la emisión.
Ese gesto merece detenerse un instante. En una industria acostumbrada a hablar de audiencias, competencias, productoras, formatos y resultados, hubo profesionales que dejaron a un lado todo eso para ofrecer lo único que podían ofrecer: sus manos, su trabajo, su tiempo. De compañeros a compañeros. De personas a personas. Sin logotipos, sin rivalidades, sin más propósito que aliviar un poco el sufrimiento de quienes acababan de perder a uno de los suyos.
Porque la muerte de Raúl Triguero no golpeó únicamente a ¡De viernes! Golpeó a Telecinco, a Mediaset, a quienes habían compartido con él otros programas, otras redacciones, otros momentos de una profesión que tantas veces exige más de lo que devuelve. Golpeó a una comunidad de periodistas que sabe que detrás de cada reportaje, de cada conexión y de cada emisión hay personas que trabajan, que viajan, que tienen familias esperándolas en casa. Raúl era uno de ellos. Y ya no volverá.
En medio de aquel arranque, los presentadores tuvieron también palabras para las demás víctimas del accidente, para los heridos, para sus familiares, para los sanitarios, voluntarios, fuerzas de seguridad y vecinos de los pueblos cercanos a Urda que se habían volcado en ayudar. Y reclamaron algo que no debería perderse entre las lágrimas: respuestas y responsabilidades.
“Esperamos que todas esas familias encuentren respuestas y se asuman las responsabilidades que corresponden ante tanto dolor, tanto sufrimiento y tantas vidas destruidas”, afirmaron.
Era importante decirlo. Porque el homenaje a las víctimas no puede convertirse en una invitación a resignarse. Porque detrás de cada muerte hay una familia que merece saber qué ocurrió. Y porque recordar a quienes ya no están también significa exigir que una tragedia así no vuelva a repetirse.
Pero todavía quedaba lo más difícil. Continuar. Fue la propia madre de Raúl quien, según contaron, les había pedido que hicieran el programa. Que siguieran adelante. Que volvieran a trabajar. Una petición de una generosidad sobrecogedora, especialmente viniendo de alguien que acababa de perder a su hijo. Y lo hicieron. Con el corazón roto, pero lo hicieron: “Así que, Raúl, esto va por ti. Hasta siempre”.
El final de aquella despedida fue, probablemente, el mensaje más sencillo y más importante de toda la noche. Una petición a los espectadores para que dijeran a sus seres queridos cuánto los quieren. Para que llamaran a sus padres, a sus abuelos. Para que no se fueran a dormir enfadados. Para que no dejaran para mañana lo que quizá mañana ya no puedan decir.
Y, sobre todo, para que fueran buenas personas. Porque, como recordaron, eso es lo que verdaderamente permanece cuando alguien se marcha, porque “Raúl Triguero era buena persona”.
Hay algo profundamente conmovedor en que una de las noches más tristes de ¡De viernes! terminara convirtiéndose, en sus primeros minutos, en una declaración de amor. Amor a un compañero, a un amigo, a un hijo, a un hermano, a un marido. Amor a una profesión que, a pesar de sus miserias, todavía es capaz de mostrar su rostro más humano cuando la tragedia llama a la puerta.
Santi Acosta y Beatriz Archidona hicieron un programa anoche. Sí. Pero, por encima de todo, hicieron algo mucho más difícil: compartieron su dolor sin esconderlo, sin disfrazarlo, sin convertirlo en otra cosa.
Y consiguieron que, durante unos minutos, Raúl Triguero no fuera solamente una de las víctimas del accidente ferroviario de Toledo. Que fuera el niño rubio de ojos azules, el hijo de Paqui y Paco, el hermano de Nora, el marido de Marcos, el compañero de sonrisa inolvidable. Que fuera, sobre todo, la persona a la que tanto quisieron y tanto van a echar de menos.
Porque eso es lo que queda cuando todo lo demás desaparece. No los programas que hicimos, ni las audiencias que conseguimos, ni las horas que pasamos trabajando. Quedan las personas que nos quisieron. Queda lo que fuimos para ellas.
Y anoche quedó claro que Raúl Triguero fue muchísimo para muchísima gente.
Source – Televisión // elmundo




