Los fantasmas secretos de los grandes de la literatura: de Lorca y Poe a Mariana Enriquez e Isabel Allende

Ahora que el Día de los Muertos parece haber perdido su carácter aterrador gracias al triunfo viral de esa versión infantil y festiva llamada Halloween, nada como viajar al pasado literario para evocar un mundo mucho más oscuro del que no pudieron ni quisieron escapar algunos de los escritores más célebres de todos los tiempos.

Imaginemos, pues, una velada victoriana nocturna en un salón iluminado con velas, en la que un puñado de escritores del pasado, pero también de hoy mismo, han de sentarse en torno a una mesa danzante (o parlante, o giratoria, que de esas tres maneras la llamaban los aficionados al espiritismo de principios del siglo XX).

El primero en llegar habla con acento andaluz. Se llama Federico García Lorca (1898-1936) y está tan fascinado como aterrado por el misterio y la muerte. Aficionado a la teosofía, el esoterismo y el espiritismo, asistió en Cuba a alguna sesión de santería, y en uno de sus dibujos de marineros escribió: “Solo el misterio nos hace vivir”.

Portada de 'El mundo esotérico de Federico García Lorca'.

Portada de ‘El mundo esotérico de Federico García Lorca’. Comares

Y aunque afirmaba no ser supersticioso, en El mundo esotérico de Federico García Lorca, Ismael Ramos (Comares) demuestra lo contrario: al parecer, procuraba no pisar un determinado escalón de la escalera, evitaba pronunciar la palabra “víbora” o “bicha”, e interpretó como funestos presagios que una bala perdida se incrustara en el techo de su casa de Madrid.

Además, la muerte le obsesionaba. Dalí recordaba espantado que en la Residencia de Estudiantes el poeta fingía cada noche su muerte y descomposición, y en el poema “Fábula y rueda de los tres amigos”, de Poeta en Nueva York, leemos: “Cuando se hundieron las formas puras / bajo el cri cri de las margaritas, / comprendí que me habían asesinado. / Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias, / abrieron los toneles y los armarios, / destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro. / Ya no me encontraron. / ¿No me encontraron? / No. No me encontraron”.

Charles Dickens (1812-1870) es el segundo invitado. Profundamente escéptico al principio, el maestro del realismo social victoriano sentía una profunda atracción por los temas paranormales, acentuada por los siniestros cuentos que su niñera Mary Weller solía contarle antes de dormir.

Su influjo queda patente en su obra, empezando por Canción de Navidad, donde su protagonista, el avariento señor Scrooge, recibe las visitas sucesivas de los fantasmas de las Navidades Pasadas, de las Presentes y de las Futuras.

Dickens no creía en el espiritismo, pero sí en el mesmerismo o magnetismo animal, que él mismo practicaba en su mujer, su cuñada y algunos conocidos.

También pertenecía al Ghost Club, una asociación científica creada para desenmascarar los fraudes que se multiplicaban en torno a supuestas casas encantadas. Y, sin embargo, tras la muerte de su cuñada Mary en 1837, Dickens confesó sin miedo que había conversado con su espíritu en numerosas ocasiones.

Harry Price presidiendo una cena en el Ghost Club, al que pertenecía Dickens, el 1 de noviembre de 1938.

Harry Price presidiendo una cena en el Ghost Club, al que pertenecía Dickens, el 1 de noviembre de 1938. Wikipedia.

El tercer invitado es Víctor Hugo (1802-1885). El autor de Los miserables, tras la muerte en 1843 de su hija Léopoldine, se convirtió en un fervoroso creyente en el espiritismo y participó en numerosas veladas que invocaban a los muertos.

Secretario de muchas sesiones, transcribía los mensajes que los difuntos supuestamente daban con golpes en la mesa, y estaba convencido de haber hablado con Galileo, Dante, Platón, Shakespeare, la Muerte o el mismísimo Jesucristo.

Su fe era tal que durante meses creyó que el espíritu del autor de Hamlet cumpliría su promesa y le entregaría una nueva obra de teatro escrita desde el Más Allá, tras decirle : “Las palabras son los marinos de la idea, la sirven y se rebelan contra ella. El estilo es la espuma del espíritu, tiene que subir a todas las cuerdas, a todos los aparejos, a todos los mástiles del pensamiento majestuoso en plena mar”.

Lo que sí llegó a escribir Hugo fueron cuatro diarios sobre algunas de estas sesiones espiritistas, pero solo han llegado hasta nosotros dos, publicados en España con el título de Lo que dicen las mesas parlantes (Wunderkammer, 2016).

Portada de 'Lo que dicen las mesas parlantes'.

Portada de ‘Lo que dicen las mesas parlantes’. Wudnerkammer

Como en el caso del francés, también Arthur Conan Doyle (1859-1930) se convirtió en un cruzado de la causa espírita tras la muerte de un hijo en la Primera Guerra Mundial. Aunque era médico, y, por tanto, un hombre de ciencia, el creador de Sherlock Holmes creía fervientemente en los fenómenos poltergeist, en las casas impregnadas por los sucesos del pasado y en el espiritismo, llegando a escribir una veintena de libros sobre este tema.

Fue incluso más lejos: sin conocer personalmente a la viuda de Joseph Conrad, tras una sesión invocando a célebres escritores ya fallecidos le escribió para anunciarle que su difunto marido le había pedido que terminase por él un libro “de historia francesa” que había dejado inconcluso.

El último invitado espectral de esta velada llega tarde, con un cuervo parlanchín, y de aquella manera. Nunca fue Edgar Allan Poe amigo del comedimiento y sí del opio y el alcohol. Aunque no creía en los fantasmas, vivía aterrorizado por la posibilidad de ser enterrado vivo.

Poe no escribía sobre monstruos ni espectros, sino sobre mentes atormentadas por los remordimientos y el dolor, que sienten que las paredes se mueven, el mundo se derrumba, y que voces imposibles le arrebatan la esperanza susurrando: “Nunca más”.

Pero en realidad el mayor misterio de Poe reside en las circunstancias que rodearon su muerte. Pocos días antes de fallecer, fue encontrado en las calles de Baltimore delirando, semiconsciente y vistiendo ropa que no era suya. Lo ingresaron en un hospital y en su delirio solo repetía un nombre, “Reynolds”. Tenía solo cuarenta años, y al morir, musitó: “Dios se apiade de mi pobre alma”. Quién era Reynolds sigue siendo un misterio.

Las campanas tocan a muerto cuando llegan las únicas invitadas vivas de esta velada. En el salón a oscuras, tenuemente iluminado por unas velas, Isabel Allende (1942) y Mariana Enriquez (1973) comparten ahora confidencias.

Para empezar, tal vez la flamante Premio Planeta recuerde la experiencia paranormal que cambió su vida. Su hija Paula, de 29 años, enferma de porfiria, estaba en coma desde hacía meses.

Una noche la escritora se despertó inesperadamente, y vio a la joven sentada en su cama. “Y eso era imposible – explicaba Allende en una entrevista –, porque ella no se podía mover. Paula me dijo claramente: ‘Déjame ir, ya es hora’. Y yo vi que se iba de la pieza […] y salí corriendo hacia abajo, y estaba en su cama como siempre”.

La chilena pensó que era un sueño, pero al volver a su cuarto vio que las zapatillas de Paula estaban al lado de su cama, así que llamó a su yerno y le contó lo ocurrido. Lo cierto es que acabaron encerrándose los dos con Paula para decirle entre lágrimas que la dejaban marchar, que estuviese tranquila. Y seis días después, la joven murió.

También cree en los fantasmas Mariana, que a menudo confiesa que le obsesionan desde que siendo muy joven amigas suyas, hijas de desaparecidos, quedaban para tomar copas e invocar a sus familiares muertos.

Hace unos meses, le confesaba a Rosalía que nunca los ha visto, “pero sí creo a la gente que dice que los vio”.Quizá por eso, ha participado en el documental Guía paranormal de la Costa Brava, dirigido por Ferran Romeu, en el que la argentina visita varios lugares de la Costa Brava a los que se atribuye actividad paranormal, y los recorre con curiosidad, mientras reflexiona en los escenarios más siniestros sobre su relación personal y literaria con el miedo, e incluso graba psicofonías.

Si han llegado hasta aquí, es posible que se pregunten a quiénes van a invocar nuestros autores vivos o difuntos. Pero ya lo saben. Es, como siempre, para siempre, a nosotros, sus lectores.

Source – Elespanol