Tamara Chubarovsky: «Para que los niños lean mejor hay que calmar los tiempos, no acelerarlos»
Muchas son las familias que buscan desesperadamente la forma para potenciar la lectura en sus hijos. Padres que leen, con libros en sus estanterías… y niños que no abren un libro. Perfectamente consciente del reto y de esa realidad, Tamara Chubarovsky reconoce que … escribir su último libro. ‘Jugar, leer, crecer’, ha sido para ella «un desafío enorme».
La idea principal, explica esta afamada pedagoga, desde su refugio en La Vera, «era conectar con una visión del aprendizaje más alternativa, que mira al niño desde otro lugar. De hecho, mi intención era explicar que, para conseguir que lean más y mejor, necesitamos calmar los tiempos, en lugar de acelerarlos».
En estas páginas se añade, además, «algo que para mí era fundamental: una propuesta concreta. No quería limitarme a decir ‘cuidado con esto‘ o ‘no hagas aquello’, sino explicar cómo enseñar a leer paso a paso desde otra posición: con rimas, cuentos y diferentes estrategias».
¿Qué estamos haciendo mal cuando adelantamos el aprendizaje de la lectoescritura?
El mensaje no es que no haya que hacer nada. No se trata simplemente de no forzar determinados procesos cognitivos o de no empezar con las letras demasiado pronto. Se trata de entender que, durante los primeros siete años, hay que garantizar una buena puesta a punto neurológica. Y eso se hace, fundamentalmente, a través del movimiento y de todas las experiencias sensoriales, motrices y lingüísticas que necesita el niño. Para mí era importantísimo que esto quedara claro: que antes de la lectoescritura hay una serie de requisitos que necesitan estar preparados para que después el proceso sea rápido, fluido y alegre. Porque la lectura solo puede disfrutarse si tienes los ingredientes necesarios. Si no, lo que conseguimos es que los niños se frustren prematuramente y aprendan que leer es algo difícil, aburrido y que requiere mucho esfuerzo, en definitiva, que es una obligación.
Autopistas, vías secundarias y carreteras de piedras
Habla usted en el libro de preparar «las autopistas» del cerebro. ¿Qué significa exactamente?
Me refiero con esto a que, en los primeros siete años, se preparan las autopistas del cerebro por las que después va a fluir la lectoescritura. Si esos caminos no están preparados y enseñamos a leer y escribir antes de tiempo, el niño puede aprender utilizando vías secundarias, como si en lugar de circular por una autopista tuviera que hacerlo por una carretera llena de piedras. Es verdad que puede conseguir leer y escribir, pero de una manera mucho menos eficiente. Y cuanto más aumenta la distancia que tiene que recorrer —es decir, cuanto más tareas escolares tiene que realizar—, mayor esfuerzo le supone. Por eso a veces en Infantil no se detecta el problema. El niño puede leer y las maestras están encantadas porque aparentemente ha conseguido el objetivo que les marca la dirección del colegio, pero quizá no nos estamos dando cuenta de que está utilizando una ruta poco eficiente que, a largo plazo, puede convertirse en un problema.
«El ojo es una herramienta para leer y tiene que funcionar bien»
Tamara Chubarovsky
Entonces, a su juicio, ¿qué tiene que estar preparado para que un niño pueda leer y escribir con facilidad?
Creo que hay varios ingredientes básicos. Uno es la vista: el ojo tiene que poder hacer correctamente el seguimiento, enfocar, estabilizarse y realizar todos los movimientos necesarios. El ojo es una herramienta para leer y tiene que funcionar bien. También está toda la parte motriz. Para escribir necesitamos la mano, pero incluso para leer necesitamos el movimiento de todo el cuerpo. Y está, por supuesto, el lenguaje: la discriminación auditiva, la conciencia fonológica, la capacidad de distinguir los sonidos y asociarlos después con las letras. Por ejemplo, si un niño confunde determinados sonidos al hablar, puede trasladar esa dificultad a la lectura y a la escritura. A todo esto se suma la parte cognitiva: la memoria, la capacidad de abstracción y la posibilidad de tener determinadas imágenes retenidas. Para escribir, por ejemplo, tengo que tener almacenado mentalmente el símbolo de una letra. Y después está toda esa parte emocional, que demasiado a menudo se olvida: el entusiasmo, la alegría, el interés, la motivación y, sobre todo, preservar la autoestima intacta, que siga teniendo esa sensación de ‘yo puedo’.
Volviendo a lo que comentaba antes, ¿qué ocurre cuando esa parte más física o neurológica no está automatizada?
Que el niño se queda atrapado en el primer nivel de la lectura, que es la decodificación. Leer no es solamente reconocer letras y convertirlas en sonidos. Después tengo que poder pasar a un segundo nivel: comprender, imaginar, disfrutar de la historia, crear un mundo interior. Cuando un niño lee muy despacio, a trompicones y con mucho esfuerzo, toda su atención está puesta en descifrar lo que tiene delante. Ese esfuerzo lo agota y hace que evite algo que le resulta agotador. Además de que no consigue llegar al verdadero objetivo de la lectura: acceder a una historia, obtener información, imaginar y disfrutar de una vida interior.
Usted recalca que uno de los grandes errores habituales es asociar la lectura exclusivamente con el aprendizaje.
Sí. Otro gran error es relacionar inmediatamente la lectura con que tienen que aprender leyendo. Se da por hecho que en primero de Primaria tienen que aprender a través de los libros de texto y, por tanto, tienen que leerlos. Debería existir una etapa intermedia en la que leer fuera fundamentalmente disfrutar. Que el niño pueda encontrarse con contenidos que le interesan, con historias, con fantasía, y no solamente con aquello que le obligan a aprender. Hay que romper esa dureza de «hay que leer», es mucho más fructífero convertirlo en un momento de disfrute.
¿Qué recomendaría a una familia cuyo hijo tiene dificultades para leer?
Lo primero es no convertirlo en una batalla. Hay que intentar descubrir por qué le cuesta leer. Aunque una cosa es el hábito y el amor a la lectura y otra es que exista una dificultad física, sensorial o motriz que esté haciendo que leer sea un esfuerzo enorme. Si un niño tiene, por ejemplo, dificultades para estabilizar las letras o para hacer correctamente los movimientos oculares, sentarnos con él a leer puede ayudar, pero quizá no sea suficiente. Hay que averiguar qué está ocurriendo.
¿Y si el niño ya tiene ocho, diez o catorce años y digamos que las cosas ‘se han torcido’?
Siempre se puede recuperar. Mi trayectoria profesional comenzó precisamente trabajando de manera terapéutica con niños con dificultades de aprendizaje, mayoritariamente de entre 7 y 16 años. Cuando las dificultades aparecen más tarde, hay que hacer un trabajo más específico. Lo que antes se podía resolver jugando de manera espontánea, cuando el niño es mayor requiere más conciencia y un trabajo más dirigido. Eso no significa que no pueda mejorar. Se puede trabajar, pero lo que es evidente es que cuanto antes se sienten bien las bases, más sencillo es. Por eso siempre digo que lo que realmente sale rentable a todos los niveles es que las cosas se hagan bien en Infantil.
«Lo que realmente sale rentable a todos los niveles es que las cosas se hagan bien en Infantil»
Tamara Chubarovsky
Habla usted de las rimas como una especie de «complemento alimenticio».
Para mí, sí, las rimas son la multivitamina de estos tiempos. Lo ideal sería que la alimentación fuera buena, pero si nuestra alimentación es una porquería, al menos tomemos calcio. Con las rimas ocurre algo parecido. En muy pocos minutos pueden activar muchos de esos parámetros: el sentido vestibular, los reflejos, el lenguaje, el habla, la motivación y la alegría. Además, generan vínculo. Por eso tienen tanto valor en el contexto actual, en el que los niños tienen poco movimiento libre, muchas pantallas y unos horarios muy estructurados. Las rimas permiten compensar algunas de esas carencias y trabajar muchos ingredientes a la vez.
«Si un niño lee mal, no necesariamente necesita más tareas para recuperar»
Tamara Chubarovsky
Por último, si tuviera que dar un consejo muy concreto a una familia para que la lectura no se convierta en una batalla, ¿cuál sería?
Depende de la edad. Si el niño tiene menos de seis años, es decir, está en Infantil, relájate completamente. No te preocupes porque no lea. Cuéntale cuentos. Léele. Acompáñalo. Y dale mucho parque, naturaleza y movimiento, porque ahí es donde se están construyendo los prerrequisitos. Si está en primero, segundo o tercero de Primaria y todavía tiene dificultades para leer, recomiendo la lectura compartida. Pero lectura compartida de verdad: «Te leo», «leemos juntos», «leemos a coro»… No presionarle para que esté media hora leyendo solo. La proporción de lectura autónoma puede ser muy pequeña. Lo importante es la implicación y la calidad del momento. Por ejemplo, si el niño te dice «léeme tú», en lugar de responderle «no, tienes que leer tú porque ya sabes», podemos decir: «Vale, yo te leo». Y después, dentro de ese momento, pedirle que lea una palabra o un pequeño fragmento.
No tendríamos que dejar de leerles cuentos precisamente porque ya ‘saben leer’, ese es otro error. Creo que siguen necesitando que les contemos historias y que les leamos durante mucho más tiempo del que creemos.
Source – ABC News


