Luisgé Martín, autor del libro sobre José Bretón: “Vivimos en sociedades prefascistas que juzgan libros sin leerlos”

Luisgé Martín (Madrid, 1962) confiesa haber vivido un calvario desde que estalló el escándalo de El odio, su libro sobre el asesino José Bretón que una multitud vociferante echó al fuego sin siquiera haberlo leído, antes de que llegara a las librerías en marzo de 2025.

Una “jauría humana” –así la llama él– exigió paralizar la publicación, presionando hasta conseguir lo que la justicia no encontró motivos para hacer: que la editorial Anagrama renunciara a publicarlo y destruyera los ejemplares que ya estaban listos para su distribución. No obstante, circuló un centenar y medio de ejemplares entre los allegados del autor y la prensa, justo antes de su cancelación.

Ha pasado un año y medio desde entonces. “Quitando la época en la que salí del armario, con 21 años, ha sido la peor etapa de mi vida”, reconoce el escritor durante una conversación con El Cultural en su casa, en Madrid.

Tras el escándalo, un grupo de editoriales decidió publicar conjuntamente el libro, que saldría en noviembre de 2025. Iría acompañado de un ensayo con las reflexiones del propio Martín acerca de todo lo que había pasado, sobre los límites de la literatura y de la libertad de expresión y sobre los juicios populares sumarísimos a los que cada vez estamos más acostumbrados.

Pero los dos editores más importantes de aquella alianza se echaron para atrás y la publicación de El odio volvió a quedar en suspenso. “Cuando se abortó aquel plan sí que caí en el pozo más absoluto y estuve muy medicado, deseando morirme”, confiesa el escritor.

Luisgé Martín, con su nuevo libro 'Desde el odio' en primer término.

Luisgé Martín, con su nuevo libro ‘Desde el odio’ en primer término. David Morales

Finalmente, aunque El odio seguirá sin ver la luz, Altamarea decidió editar el ensayo posterior, Desde el odio, que llegará a las librerías el próximo 30 de septiembre.

Con su publicación, y con su regreso a las entrevistas y al escrutinio público, Martín rompe su silencio.

“No puede volver a ocurrir lo que ocurrió con El odio”, afirma el escritor. “Creo que tengo la obligación cívica, más allá de cerrar mi herida personal, de defender que eso no puede volver a ocurrir, que un libro se puede discutir, pero no se puede paralizar su publicación, salvo que incumpla el Código Penal”.

Pregunta. ¿Se podía imaginar que El odio provocaría semejante escándalo?

Respuesta. No, fue una sorpresa absoluta. Volví a España de Los Ángeles [donde fue el encargado de poner en marcha la sucursal del Instituto Cervantes] con la idea de ser por primera vez escritor a tiempo completo y me encontré de golpe con todo lo que vino, como un boxeador que empieza a recibir hostias por todos los lados y acaba en la lona.

»Lo que sí se me pasó por la cabeza es que José Bretón intentara paralizar el libro, porque tras haber leído el manuscrito abominó de él. Decía que yo me había inventado cosas, que hacía un retrato horrible de él y que le traería unas consecuencias nefastas. Tampoco me preocupó mucho porque yo no inventé nada. Pero no se me pasó por la cabeza que Ruth Ortiz pudiera intentar paralizarlo ni que pudiera levantarse esta jauría por un libro que no había leído nadie. De hecho, cuando ocurrió, no podría creerlo.

El escritor Luisgé Martín, durante su entrevista con El Cultural.

El escritor Luisgé Martín, durante su entrevista con El Cultural. David Morales

P. Si volviera atrás en el tiempo, ¿haría algo diferente?

R. Si volviera atrás en el tiempo, sabiendo todo esto, no escribiría el libro. No me metería en el proyecto porque ha causado sufrimiento a todo el mundo. A Ruth Ortiz, por supuesto; a mí y a mucha gente a la que quiero: a mi agente literaria, a la editora, a mi marido, a la gente que tenía alrededor y que fueron quienes me sostuvieron.

»Dicho esto, lo único de lo que me arrepiento es de no haber avisado a Ruth Ortiz de que el libro iba a salir. Con todos los defectos que pueda tener el libro, que quizás es malo, creo que tenía el perfecto derecho a concebir un libro en el que se hablara desde la mente del asesino y que intentara explicar cómo alguien puede llegar a cometer esa crueldad y esa brutalidad. Era lo que me interesaba y no inventé nada. Hay una tradición larguísima en la literatura, en el cine, en el arte en general, que indaga en el mal con mayúsculas, en el mal absoluto. No hice en ese sentido nada malo. Escribí el libro que yo quería escribir, que no era el libro que otros querían que yo hubiera escrito, pero de eso no me arrepiento.

“Si volviera atrás en el tiempo, no escribiría el libro, porque ha causado sufrimiento a todo el mundo”

P. ¿Cree que si hubiera explicado su propósito a Ruth mientras escribía el libro o si le hubiera dado a leer un borrador, ¿ella habría reaccionado de otra manera?

R. Posiblemente. Pero no creo que Ruth Ortiz debiera leer este libro, aunque no hay nada en el libro que vaya en contra de ella ni a favor de Bretón, ni que le pueda causar un dolor más allá del que ya tiene y que es inevitable. Es un libro que no debería leer ella, ni su madre, ni los hermanos de Bretón. Es para otros lectores.

P. ¿Cree que la editorial Anagrama fue cobarde?

R. Me cuesta hablar mal de Anagrama porque ha sido mi editorial durante los últimos años y ahí tengo publicados mis libros anteriores. Mantengo relaciones de afecto y admiración con Silvia Sesé y con el equipo, y considero que es una editorial clave en la historia reciente de la edición en español. Pero creo que no estuvo a la altura. Tuvo miedo y dejó abandonado al autor, algo que no se debe hacer. Temía una crisis reputacional y acabó encontrándose con otra peor, porque dentro del sector se piensa que no estuvo a la altura.

P. ¿Volverá a publicar con Anagrama?

R. De momento no. He publicado este libro con Altamarea y los dos siguientes los publicaré con Galaxia Gutenberg, que ya está trabajando en ellos. Son libros cortos. El año pasado, lo único productivo que hice y que me resultó curativo, casi tanto como la farmacología, fue encerrarme a escribir y meterme en otras vidas. Me pasaba las noches escribiendo, sobre todo la novela.

Luisgé Martín, este viernes en su casa de Madrid.

Luisgé Martín, este viernes en su casa de Madrid. David Morales

P. Cuando ocurrió el escándalo, ¿temió que hubiese acabado su carrera literaria?

R. En un primer momento temí cosas peores. La carrera literaria empezó a preocuparme más en la segunda fase, hacia noviembre. En la primera fase temí que hubiera acabado mi vida; sentía que era un apestado, tenía miedo de salir a la calle, salía con gafas de sol y me pasaba el día durmiendo y viendo series. No tenía capacidad para leer ni concentrarme. Lo literario vino después, al pensar que me habían abandonado los editores y ver que me encontraba sin editor justo cuando había vuelto a España para dedicarme a la literatura a tiempo completo.

“Anagrama no estuvo a la altura. Tuvo miedo y dejó abandonado al autor, algo que no se debe hacer”

P. En el libro cuenta que llegó a Anagrama precisamente porque se atrevió a publicar otro libro suyo que a otros editores les pareció escandaloso, La mujer de sombra. Es curioso que ahora haya salido de Anagrama por ese mismo motivo. ¿Es un símbolo de cómo han cambiado los tiempos?

R. Sí, clarísimamente. La mujer de sombra, que era una novela, estuvo en la mesa de varias editoriales que la rechazaron. Primero la rechazó Alfaguara, que era mi editorial, y luego varias más, porque no querían complicaciones. Pero Jorge Herralde se atrevía con los proyectos incómodos. Ahora hay una cobardía en el sistema editorial, que debería funcionar justamente como garante de la libertad de creación y expresión de lo incómodo.

P. ¿Tiene la esperanza de que este libro sea mejor recibido por quienes rechazaron El odio?

R. No tengo esperanzas en ese sentido. No creo que lo que llamo “la jauría” vaya a leerme o a cambiar de opinión. Hay un ejemplo muy sintomático: hace dos meses, cuando se anunció la publicación del libro, basándose solo en el texto de la contraportada Público sacó dos artículos incendiarios, uno de ellos de la directora de opinión, diciendo que yo me estaba haciendo la víctima. Vivimos en sociedades prefascistas donde da igual leer los libros o no; se prejuzga lo que el libro significa y se estigmatiza de antemano. La diferencia esta vez es que aquí mis argumentos sí están presentes y el libro se defiende solo.

Un ejemplar de 'Desde el odio', de Luisgé Martín (Altamarea).

Un ejemplar de ‘Desde el odio’, de Luisgé Martín (Altamarea). David Morales

P. En el libro habla de varios signos de la barbarie de nuestro tiempo, y uno de ellos es la hipocresía. ¿Cómo es posible que una sociedad tan obsesionada con el true crime y donde existe incluso una serie documental sobre José Bretón se rasgue las vestiduras por la publicación de un libro sobre el mismo caso porque se centra solo en el asesino?

R. No existe un criterio definido. Esta semana estamos con el caso de Lindsay Clancy, enfermera americana que mató a sus tres hijos, cuyo juicio se retransmitió durante seis semanas y no ha habido ninguna revolución social. Hace poco, vi un capítulo de Código 10 sobre el crimen de Daniel Sancho y me pareció deslumbrante en el sentido de que era puro morbo, cosa que yo evidentemente en El odio intenté evitar. El libro Marciano, de Nona Fernández, estuvo entre los finalistas del premio AENA y se basa en entrevistas en la cárcel con un asesino, igual que el mío.

»A mí me tocó por el perfil de Bretón por la brutalidad del caso y por las falsedades que se difundieron en redes sociales, como la idea de que era un libro de Bretón o que él iba a cobrar derechos de autor. El libro no blanqueaba a Bretón —de hecho, él lo odia— ni agraviaba a las víctimas. Pero se desató la polémica.

“El caso más paralelo al de ‘El odio’ es ‘No me llame Ternera’. Se demonizó a Jordi Évole por darle voz a un asesino”

P. O sea, se tolera ese morbo colectivo por los crímenes, pero no darle voz a la persona que los ha cometido.

R. Sí. El caso más paralelo al de El odio es el documental No me llame Ternera. Se demonizó a Jordi Évole por darle voz a un asesino, se dijo que lo estaba blanqueando y que eso no se puede hacer en una sociedad democrática. José Luis Rebordinos, director del Festival de San Sebastián, dijo que el festival no podía ser una oficina de validación moral. El documental se proyectó, ahora se puede ver en Netflix y cualquiera que lo vea puede ver que efectivamente no se blanquea a Josu Ternera, sino todo lo contrario. Queda como lo que es: un asesino descerebrado, fanatizado, que maltrató a todo un país durante mucho tiempo. En El odio tampoco hay ningún blanqueamiento de José Bretón, todo lo contrario. Hasta podría pensarse que quizá a alguna mujer le pudiera ser útil descubrir que alguien tan vulgar puede acabar de esa manera. Porque a veces pensamos que los monstruos son como Hannibal Lecter o que tienen cuernos y pezuñas, pero esos monstruos no existen; lo que sí existe son hombres vulgares que matan a sus hijos.

P. Eso precisamente fue lo que chocó a muchísima gente cuando Hannah Arendt publicó el libro Eichmann en Jerusalén y elaboró la teoría de la banalidad del mal. Mucha gente no estaba dispuesta a aceptar que los mayores criminales pueden ser personas anodinas.

R. Oficinistas vulgares. O lo que mostraba Christopher Browning sobre el Batallón 101 de la policía alemana, que fusiló a miles de judíos: eran hombres de clase media, padres de familia, que tuvieron la oportunidad de decir no y la gran mayoría no lo hicieron. La idea de que José Bretón pertenece a otra especie es falsa. Muchos de los que más me odiaron por este libro están más cerca de Bretón de lo que creen.

Luisgé Martín, este viernes en su casa de Madrid.

Luisgé Martín, este viernes en su casa de Madrid. David Morales

P. En el libro escribe: “La voluntad de entender fue confundida con una forma de complicidad“. Aun así, en El odio contó que se reprochaba a sí mismo sentir empatía hacia él, o incluso compasión.

R. Sí, la primera vez que hablé con él por teléfono fue una conversación banal, trivial. Yo estaba en Berlín, me llamó de forma imprevista y estuvimos hablando los ocho minutos tasados de las conversaciones de la cárcel y cuando colgué, pensé: “Es como si hubiera estado hablando con mi tía Manoli”. Eso me produjo perplejidad. Luego le llevé ropa a la cárcel, ¿qué iba a hacer si me la había pedido? Todo eso me hizo pensar mucho en la educación que había recibido de mis padres y me siento absolutamente orgulloso de seguir ese mandamiento de Concepción Arenal: detestar el delito, pero compadecer al delincuente. Conmigo y con el capellán de la prisión era con las únicas personas con las que Bretón mantenía cierta intimidad emocional.

P. Tras decirle él que detestaba el libro, ¿cortaron la comunicación?

R. Cuando todo estalló me estuvo llamando diariamente durante un par de semanas y luego de forma más espaciada. Yo en esa época hablaba con muy poca gente y no le cogí el teléfono y desde entonces no ha vuelto a haber contacto alguno.

P. Dice usted en Desde el odio que el arte no puede depender nunca del consentimiento o del rechazo de las víctimas.

R. No podemos medir el dolor ni convertirlo en el límite de la literatura. El límite claro está en el Código Penal. El dolor de Ruth Ortiz es sagradísimo y ella no es el problema; el problema es que, en nombre de causas nobles, se pretenda arrasar con la libertad de expresión.

“Existe una parte de la izquierda insufrible, regañona y puritana que te dice cómo tienes que vivir, qué lenguaje usar y de qué manera ofendes”

P. ¿Cree que el revuelo mediático que causó la cancelación del libro revictimizó a Ruth Ortiz más de lo que habría hecho el propio libro?

R. Sí. No sé cuántos ejemplares habría vendido, seguramente pocos, que es lo que vende hoy la mayoría de los libros. Esos ejemplares habrían dialogado con los lectores en la intimidad de su sofá, ellos lo habrían comentado y yo seguramente habría hecho algunas entrevistas, pero todo habría quedado ahí. Pero de repente, durante casi dos meses, en prime time aparecía el asunto con todo el morbo, la polémica, fotos de los niños… Y nadie dijo “paremos esto”. Es decir, para evitar una revictimización que no era tal, que era falsa, se creó una revictimización absoluta de Ruth Ortiz durante meses.

P. Comenta que el sentimiento ha desplazado a la razón en el debate público, llevándonos a un “puritanismo deplorable” de la izquierda.

R. Soy una persona de izquierdas, y cada vez más, porque creo en lo público, en la reducción de la desigualdad y en la ampliación de derechos. Sin embargo, existe una parte de la izquierda insufrible, regañona y puritana que te dice cómo tienes que vivir, con quién te puedes acostar, qué diferencia de edad tiene que haber, qué lenguaje usar y de qué manera ofendes. Ese puritanismo es deplorable e hipócrita, porque son comportamientos imposibles de mantener.

»Por otra parte está el puritanismo de siempre, el de la derecha, que va contra el aborto, contra las relaciones prematrimoniales y otras cosas, que siempre ha estado ahí y que de alguna manera ha vuelto.

Luisgé Martín, durante su entrevista con El Cultural.

Luisgé Martín, durante su entrevista con El Cultural. David Morales

P. Tal y como está la cosa, ¿cree que Sara Mesa ha sido valiente al escribir el prólogo del libro?

R. Sara Mesa ha sido muy valiente y generosa al escribir el prólogo. En su momento me llamó para decirme que no entendía la polémica porque en el libro no había nada que justificara semejante odio. Apoyar que un libro se publique no significa estar de acuerdo con todo lo que dice.

P. ¿Quiénes fueron los que más dieron la cara por usted cuando estalló la polémica?

R. En ese momento yo me aislé bastante, pero sé que Juan Bonilla dio la cara por mí en multitud de artículos, y Marina Perezagua en un artículo que publicó en El Diario y que reproduzco en Desde el odio. Sergio del Molino también me defendió en una columna. Hubo mucha gente, y en privado muchísima más. Había una jauría que hacía mucho ruido en las redes, pero recibí mensajes de apoyo de gran parte del mundo literario, porque la libertad de expresión es algo que les afecta como autores y editores.

P. Para terminar, ¿qué opina de dos casos recientes de cancelación o presión colectiva: la retirada del patrocinio de Allianz en el Festival de las Ideas y el caso de la escritora Ariana Harwicz?

R. Son casos muy distintos. En el caso de Allianz, al tratarse de un ámbito mercantil e inversor en el contexto de la actuación de Israel en Oriente Medio, me parece bien el boicot. En el caso de Ariana Harwicz, aunque estoy en absoluto desacuerdo con sus posiciones, desinvitar a un autor de un debate literario me parece un dislate que refleja lo desquiciado que está el panorama cultural.

Source – Elespanol