¿Quién asesinó a Rossella Casini? Roberto Saviano narra una historia real de amor y muerte en la mafia calabresa

Una foto. Muertos sus padres y desaparecido el cuerpo en algún lugar de Calabria, eso es todo lo que queda de Rossella Casini, protagonista de la última novela de Roberto Saviano (Nápoles, 1979).

Cubierta de 'Mi amor no muere'.

Cubierta de ‘Mi amor no muere’. Alfaguara

Mi amor no muere

Roberto Saviano

Traducción de Carlos Gumpert
Alfaguara, 2026
352 páginas. 21,90 €

Mi amor no muere no es exactamente un libro de no ficción, sino más bien una novela basada en hechos reales, en la que el escritor y periodista italiano, víctima él mismo de la mafia a raíz de la publicación de Gomorra en 2006, fabula, imagina escenas y diálogos y reconstruye, a partir de testimonios y archivos judiciales, la historia de amor –una clásica historia de amor contra los elementos– entre una estudiante florentina y un chico de Calabria, en principio educado y cortés, pero fatalmente vinculado a la mafia local. La historia, como no podía ser de otra manera, termina mal.

El 22 de febrero de 1981, Rossella Casini desaparece, con apenas veinte años, bajo el fuego cruzado entre dos poderosos clanes de la ‘Ndrangheta. Hay varias versiones de su final, pero el Estado italiano nunca ha dudado de que fue víctima de los clanes.

Ni siquiera está claro qué familia la mató, ni qué hicieron con ella, pero el lector puede imaginarlo. Para eso conviene leer el libro de Saviano hasta el final, incluidas las tres versiones posibles de su muerte, cada una con un grado distinto de verosimilitud.

La foto de Rossella, hallada en 2013 en los archivos de la Universidad de Florencia, puso cara por primera vez a la joven: una chica seria de ojos claros, con jersey de cuello alto, chaqueta estampada y gafas de sol en la cabeza.

Como en otras novelas de Saviano, hay en esta un propósito de homenajear a las víctimas de la mafia y de desmitificar a los mafiosos

Su rastro se había perdido después de que sus padres, destrozados por la muerte e impotentes ante la falta de justicia, renunciaran a cualquier iniciativa para preservar su memoria.

La imagen muestra a una estudiante normal, nada que ver con lo que cabría esperar de la mujer de un miembro de la mafia calabresa. Pero lo cierto es que Rossella era novia de un soldado, aunque de uno un tanto especial.

Francesco Frisina no pertenecía a ningún clan de la ‘Ndrangheta, pero podría decirse que vivía en los aledaños. Era hijo de un rico terrateniente de Palmi, un municipio calabrés de unos veinte mil habitantes, y su padre, don Mico Frisina, tenía, en palabras de Saviano, una “relación simbiótica” con la familia Gallico, esta sí de las más poderosas de la región.

Don Mico hacía y recibía favores sin rechistar. “Cuesta mucho hacer negocios en la campiña de Palmi sin la amistad de alguien como Antonino Gallico”, escribe Saviano. Los favores consistían en guardar armas, esconder a fugitivos en sus fincas o financiar operaciones.

Don Mico era un reconocido amigo de los Gallico y, como tal, los enemigos de los Gallico eran también sus enemigos. Al igual que su padre, Francesco conocía a los hijos del capo, que también le pedían favores (uno, que vivió la propia Rossella, consistió en alojar a dos de ellos en su casa de Florencia, a donde habían ido a atracar un furgón blindado).

Francesco y Rossella se conocieron allí, en Florencia: eran vecinos. Los dos iban a la universidad. Francesco compartía el piso de debajo de los Casini con unos amigos de Calabria.

Con altas dosis de dramatismo, Saviano describe una Florencia sacudida por los movimientos estudiantiles y el consumo de heroína. Sin embargo, la vida de Rossella, al menos como se nos presenta en la novela, es perfectamente normal hasta el día en que decide viajar a Calabria. Allí presenciará cómo la guerra entra en casa de los Frisina desde el día en que asesinan al padre de Francesco.

Gracias a los archivos judiciales, el autor ha podido reconstruir los inicios, sorprendentemente banales, de la sangrienta faida di Palmi, un conflicto entre clanes que duró hasta los años noventa y dejó decenas de muertos, entre capos, soldados y miembros ajenos a la organización, como la propia Rossella.

En los años ochenta, en Palmi eran habituales los coches blindados. La guerra que describe Saviano es brutal e irreflexiva. Cada mañana los soldados cargan los maleteros de escopetas y salen “a cazar”. Los capos cambian a medida que se descabezan las familias. La guerra se libra a plena luz del día, a tiros por los caminos y por las calles.

A Rossella el origen del conflicto, en el que participan los hijos de Antonino Gallico, amigos de Francesco, le pilla muy cerca. Una noche, en una discoteca, los Condello y los Gallico terminan una discusión a tiros y uno muere. La venganza traerá más venganza, hasta el momento en que Francesco, el novio de Rossella, tendrá que empuñar las armas; acabará en la cárcel. En ese momento Rossella decide quedarse en Calabria, donde se integra en la rutina familiar.

Saviano dibuja a un Francesco Frisina que, como Michael Corleone, quería vivir al margen de su familia, pero las circunstancias le obligan a tomar partido; con el mismo celo y la falta de escrúpulos, por cierto, con que Michael Corleone terminaría ordenando la ejecución de Freddo, su hermano, al final de El Padrino II.

Como en otros libros del escritor napolitano, hay en este un claro propósito de homenajear a las víctimas de la mafia y de trazar un perfil descarnado, desmitificador, de los mafiosos, a quienes, sin embargo, Saviano acierta al no juzgar. Los miembros de la ‘Ndrangheta, después de todo, aparecen también como víctimas, en su caso del medio en que se han criado. Lo dice uno de los personajes: “Esto es lo que somos”.

Source – Elespanol