Los meteorólogos lo confirman: las ciudades españolas afrontan más riesgo de calor extremo e inundaciones durante este siglo

LO ESENCIAL

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Las proyecciones de AEMET para el siglo XXI prevén que España sea más cálida y árida, combinando sequías prolongadas con episodios de precipitaciones extremas e intensas.

El efecto de ‘isla de calor’ en los entornos urbanos acentúa los impactos de las altas temperaturas, las cuales ya han subido aproximadamente 1,75 ºC desde 1961.

El asfalto y el hormigón reducen la infiltración del agua, incrementando la escorrentía y la frecuencia de inundaciones pluviales tras tormentas severas.

El Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático urge a implementar soluciones como zonas verdes, pavimentos permeables, refugios climáticos y parques inundables.

Una ciudad puede enfrentarse a semanas prácticamente sin lluvia y, de repente, recibir en pocas horas una cantidad de agua capaz de inundar calles, garajes y estaciones. También puede registrar temperaturas varios grados superiores a las de su entorno cuando llega una ola de calor. Esa combinación, aparentemente contradictoria, es precisamente uno de los escenarios que más preocupa a los expertos en cambio climático para las próximas décadas.

Las proyecciones de AEMET para España apuntan hacia un país más cálido y, en términos generales, más árido durante el siglo XXI, pero también hacia un aumento de determinados episodios de precipitación extrema. Es decir, puede llover menos en el conjunto del año y, al mismo tiempo, hacerlo de manera más intensa cuando se producen determinadas tormentas.

En las ciudades, esos cambios tienen además un problema añadido: el propio entorno urbano puede amplificarlos.

El Ministerio para la Transición Ecológica identifica el calor extremo y las inundaciones entre los principales riesgos climáticos de los espacios urbanos españoles. El primero se intensifica por el conocido efecto de “isla de calor”; las segundas, por la enorme cantidad de suelo impermeable que impide que el agua penetre con facilidad en el terreno.

Una ciudad retiene calor

El efecto isla de calor es fácil de reconocer durante una noche de verano. Mientras las zonas rurales próximas pueden enfriarse con relativa rapidez tras la puesta de sol, una ciudad conserva buena parte de la energía acumulada durante el día. Carreteras, edificios, aceras y tejados absorben radiación solar y después liberan ese calor lentamente.

A eso se suman el tráfico, los sistemas de climatización, la menor presencia de vegetación y la geometría de las calles, que puede dificultar la ventilación. Por eso una ola de calor no afecta necesariamente de la misma manera a quien vive en el centro de una gran ciudad que a quien reside en una zona rural cercana.

MITECO advierte expresamente de que los impactos del calor extremo se acentúan en las ciudades por la isla de calor urbana, con consecuencias sobre la salud, el consumo energético y las actividades económicas.

Y el riesgo seguirá aumentando si las temperaturas continúan subiendo.

España ya se ha calentado alrededor de 1,75 ºC desde 1961, según AEMET, y los escenarios regionalizados para este siglo proyectan incrementos adicionales cuya magnitud dependerá de la evolución futura de las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero el agua plantea casi el problema contrario.

Cuando una tormenta descarga con mucha intensidad sobre un terreno natural, parte del agua puede infiltrarse en el suelo. En una ciudad cubierta de hormigón, asfalto y tejados, esa posibilidad se reduce drásticamente.

El agua corre entonces hacia alcantarillas, colectores y zonas bajas.

Si cae más deprisa de lo que la red de drenaje puede evacuarla, aparecen las llamadas inundaciones pluviales o urbanas, incluso en lugares donde no existe un gran río capaz de desbordarse.

El Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático señala precisamente que las grandes superficies impermeables favorecen la escorrentía y aumentan la exposición de las ciudades a este tipo de episodios.

La Evaluación de Riesgos e Impactos derivados del Cambio Climático en España de 2025 apunta además a un aumento de las precipitaciones máximas en distintas cuencas españolas durante las próximas décadas, aunque reconoce una incertidumbre considerable sobre la evolución exacta en todo el territorio. Esto último es importante.

No se puede afirmar que todas las ciudades españolas vayan a sufrir más inundaciones con la misma frecuencia ni con la misma intensidad. La topografía, la proximidad a ríos o al mar, el diseño del alcantarillado y la cantidad de superficie construida hacen que la vulnerabilidad cambie mucho de un lugar a otro.

Lo mismo ocurre con el calor.

Las ciudades del interior y del sur parten de unas condiciones diferentes a las de la cornisa cantábrica, mientras que las localidades costeras tienen además que sumar otro riesgo: la subida del nivel del mar y los episodios extremos costeros.

Por eso las medidas de adaptación son cada vez más concretas.

Más árboles y zonas verdes proporcionan sombra y favorecen la evapotranspiración. Los pavimentos permeables permiten que una parte del agua se infiltre. Los parques inundables, jardines de lluvia y depósitos de tormenta pueden retener temporalmente grandes cantidades de agua antes de que lleguen al alcantarillado.

También están ganando peso los refugios climáticos, los edificios mejor aislados y la planificación de zonas de sombra para proteger a la población durante episodios de temperaturas extremas.

El nuevo programa de trabajo del Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático para 2026-2030 identifica precisamente el calor extremo y las inundaciones entre los riesgos que requieren una respuesta más urgente, con actuaciones específicas para adaptar las ciudades y sus infraestructuras.

El reto tiene una particularidad incómoda: prepararse para dos extremos aparentemente opuestos.

Las ciudades españolas tendrán que aprender a gestionar periodos más cálidos y secos, pero también tormentas capaces de descargar enormes cantidades de agua en muy poco tiempo.

Porque el problema climático de este siglo no consiste únicamente en que haga más calor o en que llueva más o menos. También está cambiando la intensidad con la que aparecen los extremos y, en una ciudad llena de hormigón y asfalto, cada grado y cada litro de agua pueden hacerse notar mucho más.

Source – Elespanol