La vivienda explica casi la mitad del avance de los servicios en el gasto de las familias, con casi tres puntos más desde 200

Que la economía española se ha desplazado hacia los servicios es uno de los hechos mejor documentados de las últimas décadas, y Víctor Ausín lo repasaba hace unas semanas en estas páginas a partir de la Contabilidad Nacional. Aunque este suele ser un fenómeno que se suele observar, especialmente a largo plazo, desde el lado de la oferta, esto también es cierto por el lado de la demanda. Concretamente, si analizamos los microdatos de la Encuesta de Presupuestos Familiares (EPF) del Instituto Nacional de Estadística (INE) entre 2007 y 2025, los servicios pasan de absorber el 41,8% del gasto monetario de los hogares al 45,5%, casi cuatro puntos de presupuesto que han cambiado de sitio en las últimas dos décadas.

Lo que aportan los microdatos es la posibilidad de descomponer, al menos, el papel de ciertos cambios sociales en ese auge de la demanda de servicios, y merece la pena hacerlo porque bajo la etiqueta de servicios conviven cosas muy distintas. Una forma sencilla de ordenarlos es preguntarse si el hogar puede dejar de pagarlos o no. En el primer grupo estarían el alquiler, los suministros, el transporte, las comunicaciones, la sanidad, la enseñanza y los seguros, que se abonan todos los meses al margen de cómo vaya la economía doméstica. En el segundo, el restaurante, el hotel, el ocio, la cultura, la peluquería y los servicios del hogar, que son los que una familia recorta cuando necesita apretarse el cinturón. Aunque la frontera entre grupos siempre es discutible, es un punto de partida razonable y los resultados son reveladores.

Los servicios difíciles de eludir han pasado del 21,0% al 26,2% del presupuesto, más de cinco puntos, mientras que los recortables han caído del 20,8% al 19,3%. Es decir, todo el avance de los servicios, y algo más, se concentra en la parte obligada. Si bajamos una capa más, la vivienda aporta ella sola 2,9 puntos, casi la mitad del avance de ese bloque, seguida a distancia por el gasto sanitario, los seguros (que en buena medida son en realidad también gasto sanitario) y la educación, con aproximadamente un punto cada una. Enfrente, la restauración y el alojamiento, que con un 11,7% del gasto siguen siendo la mayor partida de servicios del presupuesto español, pierden medio punto, y otro tanto ocurre con el equipamiento del hogar y con el cuidado personal. La única partida discrecional que gana peso es el ocio, y lo hace en tres décimas.

Conviene empezar por una de las explicaciones que, a priori, tiene más sentido para explicar este tipo de desplazamientos del consumo, que es la divergencia de precios. Los servicios suelen encarecerse más deprisa que los bienes, y tiene su lógica, puesto que un peluquero no puede cortar el pelo al doble de velocidad ni un profesor duplicar el tamaño de su clase, mientras que fabricar un televisor cuesta cada año menos gracias a la tecnología. Es lo que los economistas llaman mal de Baumol, y si operase con fuerza bastaría por sí solo para explicar por qué los servicios vienen ganando peso de forma consistente,

especialmente en sectores de actividad con empleo especialmente cualificado. Es decir, no se trataría de un incremento directo del consumo de servicios, ya que el peso de los servicios en el presupuesto subiría, aunque la familia consumiese exactamente la misma cantidad de ellos.

Sin embargo, los índices de precios del INE no parecen soportar esta hipótesis. Entre 2007 y 2025 el índice de precios de los servicios, que incluye el alquiler de vivienda, sube un 40,6%, y el de los bienes, que es su complemento exacto, un 42,7%, de modo que los servicios estarían hoy algo más baratos en términos relativos que hace dieciocho años. Dentro de ellos hay de todo, porque la restauración sube un 53%, la enseñanza un 49% y los seguros un 71,6%, muy por encima del índice general, pero el conjunto queda contenido por las comunicaciones, que caen un 28,2% desde que el INE ajusta sus precios por la mejora de los equipos y las tarifas. Conviene matizarlo por periodos, ya que entre 2013 y 2019 el mecanismo sí parece funcionar y aporta 1,2 puntos de crecimiento al gasto en servicios, aunque la escalada posterior de la alimentación, un 63% más cara que en 2007, terminó compensándolo.

Si los precios no parecen ser la explicación, merece la pena mirar en la otra dirección y repartir los casi cuatro puntos de crecimiento entre las causas restantes. Para ello podemos comparar hogares con las mismas características en 2007 y en 2025, un ejercicio habitual en economía que separa cuánto del cambio se debe a que los hogares españoles son hoy distintos y cuánto a que se comportan de otra manera mediante una descomposición Oaxaca-Blinder. El reparto que resulta es que la diferencia de precios relativos apenas influye, pero el cambio en la composición de los hogares aporta 3,4 puntos y queda un resto de siete décimas, de modo que casi todo el avance parece venir de cómo han cambiado las familias y no de un cambio en sus preferencias o su forma de repartir el gasto entre partidas.

Dentro de ese efecto composición hay cuatro bloques que destacan sobre el resto. El primero es la renta del hogar, con 1,3 puntos, aunque conviene tomar esa cifra como un techo y no como una medida precisa, porque la EPF modificó en 2025 la forma de recoger los ingresos y el salto que se observa ese año difícilmente es solo económico. Le siguen el régimen de tenencia de la vivienda, con 0,81 puntos, y el nivel de estudios del sustentador principal, con 0,67, dos características que en España están además muy relacionadas entre sí. La edad, que suele ser la primera explicación que viene a la cabeza cuando se habla de un país que envejece, se queda en 0,15 puntos, por detrás incluso del territorio y de la presencia de menores en el hogar.

El peso del régimen de tenencia se entiende con dos cifras. Los hogares que viven de alquiler han pasado del 14,0% al 20,3% del total en dieciocho años, y destinan a servicios el 54,9% de su gasto frente al 45,5% de la media española, casi diez puntos más. La razón es en buena medida contable, ya que cuando un hogar deja de ser propietario y pasa a pagar una renta todos los meses, la vivienda deja de ser un patrimonio que se acumula y se convierte en un servicio que se consume, de modo que el crecimiento del alquiler arrastra hacia arriba el peso de los servicios en el conjunto del país por puro efecto composición.

Que la edad aporte tan poco merece un comentario, porque no es lo que cabría esperar. Esto podría explicarse, al menos parcialmente, por la menor tasa de respuesta de hogares cuyo sustentador principal está especialmente envejecido, lo que hace más difícil captar el efecto del envejecimiento sobre la estructura del gasto. En la misma medida, no está claro el papel que ha podido jugar el creciente retraso en la edad de emancipación de los jóvenes que, al no formar hogares hasta pasados los 30 años en muchos casos, distorsionan especialmente encuestas de gasto como es el caso de la EPF.

El gasto de los hogares españoles no se ha desplazado hacia los servicios porque las familias salgan más, viajen más o consuman más ocio, ya que esas partidas apenas han variado su peso en el gasto. Lo que ha crecido es la factura de vivir donde se vive, de desplazarse, de curarse, de formarse y de estar asegurado, que son los servicios que se priorizan contra el gasto discrecional. En dieciocho años esa factura ha pasado de un quinto a algo más de un cuarto del gasto de los hogares, y no por un incremento más fuerte de sus precios, sino por un aumento del consumo real, explicado en buena medida por un cambio profundo en las características de los hogares desde principios de siglo.

Source – Actualidad Económica // elmundo