Crítica de ‘Lo que podemos saber’: Ian McEwan imagina un futuro en el que la IA no vence al ser humano

En los cien años posteriores a su muerte, “a medida que las ciudades, paisajes e instituciones quedaban bajo las aguas o perecían”, la fama de Francis Blundy, destacado poeta de finales del siglo XX y principios del XXI, nunca dejó de crecer. Su vida, además, encierra un misterio: un poema perdido, una “corona” que le regaló en 2014 a Vivien, su mujer, pero que tras ser leída en voz alta en su cumpleaños desapareció y, desde entonces, ha propiciado diversas teorías de la conspiración y ha consolidado aún más la brillante posteridad del artista.

Cubierta de 'Lo que podemos saber'.

Cubierta de ‘Lo que podemos saber’. Ian McEwan

Lo que podemos saber

Ian McEwan

Traducción de Eduardo Iriarte
Anagrama, 2026
384 páginas. 21,90 €

Al parecer, decían, el poema fue la “obra más grande creada sobre la necesidad de enmendar nuestro comportamiento por medio del amor”. Aunque quizá fuera solo un poema sobre el omnipresente cambio climático.

La última novela de Ian McEwan (Aldershot, 1948) nos sitúa en un mundo postapocalíptico inmediatamente posterior al nuestro. Una gran inundación ha engullido parte de la tierra y el llamado Desarreglo ha empujado a millones de personas a emigrar desde África hasta Europa; por otro lado, gracias a “la internet nigeriana” –Nigeria irradia cultura y se ha convertido en un imperio económico–, gran parte de lo que hoy llamamos nuestra huella digital sigue disponible para los investigadores del futuro.

Uno de esos investigadores, el primero de los dos narradores de la novela –del segundo conviene no revelar demasiado–, es Thomas Metcalfe, que investiga en 2119 lo ocurrido la noche en que se leyó el poema de Blundy e intenta localizar una copia del mismo. Además de investigar, Metcalfe ha dado clases de “política y cultura de la Inundación”, así que es un experto en la “literatura que surgió del desorden”: una literatura que produjo “sus elegías más hermosas, una nostalgia espléndida, una furia elocuente”.

Habrá quien dude de que la literatura pueda tener semejante papel si ocurriera una catástrofe global, pero lo cierto es que la idea está sólidamente justificada en la novela, donde se habla de formas alternativas al realismo que resultaron más adecuadas para narrar las consecuencias de dicha hecatombe.

El primer narrador procede como un biógrafo. Recurre a los archivos, en este caso digitales, para reconstruir las vidas de los asistentes a la cena donde se leyó el poema. Su pesquisa permite a McEwan volver a uno de sus temas preferidos, que en Expiación vehiculaba el personaje de Briony, la niña escritora: los efectos de la escritura sobre la realidad, la responsabilidad del escritor frente a las vidas convertidas en material narrativo que se transforma según sus propias reglas y convenciones.

La idea atraviesa el libro hasta el final. Metcalfe es incapaz de aprehender a Vivien con los documentos disponibles y reivindica su “libertad esencial de especular, inferir y hacer suposiciones”. Cree que tiene “un deber con la vitalidad, con transmitir la experiencia de la vida vivida y sentida, con lo que era vivir en una cierta época”. Frente a esto su mujer, Rose, opina que “su único deber es con la verdad”.

McEwan arrastra al lector durante casi 400 páginas llenas de pormenores dispuestos con soltura y libertad

La novela reflexiona también sobre las posibilidades de la literatura en tiempos de IA y de desprecio a las Humanidades en la universidad. E imagina un futuro de acceso limitado al artilugio, en el que la “máquina” habría quedado reducida a un servicio público (“hubo que arrancarles la IA a las compañías privadas”) que cumple el papel de una “tía amigable, preocupada, crítica y sofisticada”, un ente, eso sí, que guarda memoria de todo lo que le decimos.

El límite más evidente de la IA estaría en que nunca habría llegado a imitar el cerebro humano, sino solo uno de sus productos: internet.

McEwan es mucho más convincente al trazar el perfil de nuestro tiempo que al imaginar un futuro posible para la humanidad. Mientras el distanciado dibujo de nuestro siglo es lúcido e inquietante –muestra lo que podemos perder y cómo lo estamos perdiendo, pero es también divertido y sutilmente irónico–, el retrato del futuro cae a veces en lo arbitrario, lo prolijo o incluso lo contradictorio; es también un retrato vivaz, pero se nota que no le ha interesado tanto.

Sin embargo, hacer convivir esos dos planos es un logro al alcance de poquísimos escritores; McEwan lo consigue, aunque se adviertan a veces ciertas fricciones, sobre todo por el puntual exceso de explicaciones que parecen servir solo para satisfacer el interés del autor por levantar un decorado ocurrente.

Con todo, cerca ya de los ochenta años, el gran novelista inglés, uno de los escritores contemporáneos que mejor ha logrado combinar emoción e inteligencia en sus novelas, conserva un dominio apabullante de los recursos; es capaz de arrastrar al lector durante casi cuatrocientas páginas llenas de pormenores dispuestos con soltura y libertad, con un relato que incluye, entre otros géneros y subgéneros, novela criminal, ficción especulativa, sátira académica y melodrama matrimonial, esto último con la maestría alcanzada por el escritor en algunas de sus grandes obras.

Lo que podemos saber –frase extraída de una cita de Richard Holmes precisamente sobre la ética del biógrafo– incluye además personajes muy bien construidos y manejados, aunque los del futuro, tal vez, se parezcan demasiado a nosotros, teniendo en cuenta la catástrofe que han vivido. La abundancia de ideas complica el resumen en este aspecto, pues podría decirse que McEwan no se ahorra ninguno de los debates globales de nuestro tiempo.

En la segunda parte, la novela vira bruscamente al relato íntimo, en primera persona, de uno de los personajes principales. Es la constatación de que los documentos nunca lo dicen todo de las personas y de que la verdad particular está, como mucho, en el interior de cada uno, y a menudo ni eso. McEwan deleita al lector con uno de sus hábiles cambios de perspectiva y concluye el libro con unas breves memorias impulsadas por una turbia sucesión de secretos y revelaciones. Es lo más propio de él y lo que este lector más ha disfrutado.

Lo que al principio parece un recurso fácil que desequilibra la novela –la manida confesión que resuelve los cabos sueltos– termina siendo la poderosa creación de un personaje y una sofisticada reflexión sobre la memoria, con una persona aquejada del alzhéimer cuyo deterioro (“un hombre incapaz de comportarse con coherencia en el mundo social y con una comprensión mermada de lo real”) podría ser el reflejo de una sociedad desmemoriada que, como cada uno de nosotros, “olvida casi todo”.

Como casi siempre en McEwan, la reflexión acaba remitiendo a la literatura y a los distintos grados de fiabilidad que ofrecen la novela, los diarios o la biografía. En el fondo, parece decir, ninguno de estos registros bastaría para expresar toda la verdad.

Source – Elespanol