Quito, la ciudad a 3.000 metros que se vive entre mercados: la ruta más barroca (de iglesias y puestos)

Nos asomamos a la ventanilla del avión justo cuando comienza la maniobra de aproximación al Aeropuerto Internacional Mariscal Sucre, y de repente la capital ecuatoriana nos desvela su espectacular ubicación.

La ciudad, que atesora una riqueza cultural excepcional en sus calles de fachadas de colores y claro pasado colonial, reposa en un estrecho valle de la cordillera de los Andes, a unos 2.850 metros de altitud y con laderas montañosas a ambos lados.

En el horizonte, la silueta de varios volcanes, como el Pichincha, que domina claramente el skyline —el Cotopaxi está, pero algo más lejos—, reclaman también su protagonismo.

El primer edificio del Banco Central de Ecuador es actualmente el Museo Numismático.

El primer edificio del Banco Central de Ecuador es actualmente el Museo Numismático. Tommy Picone Pexels

Memorizada la radiografía urbana, no hay nada mejor que comenzar a desentrañar las bondades de este fascinante destino poniendo distancia de por medio, así que volvemos a tomar altura dirigiéndonos a la popular colina de El Panecillo.

A 3.000 metros sobre el nivel del mar, destaca por estar coronado por la Virgen alada de Quito, una inmensa figura –si contamos el pedestal, son 41 metros— inspirada en la obra del escultor local Bernardo de Legarda y realizada en aluminio en 1975 por el español Agustín de la Herrán Matorras.

El curioso nombre de la colina, “El Panecillo”, lo aportaron los españoles por su parecido —dicen— con un pequeño pan, aunque la elevación ya era un lugar destacado mucho antes de su llegada.

Según cuentan, antes de la Conquista era conocido como Yavirac y estaba asociado a prácticas ceremoniales indígenas. De hecho, hay quienes defienden que, de ella, emana una energía especial.

Quito es la ciudad de las maravillas gracias a su legado histórico y su naturaleza.

Quito es la ciudad de las maravillas gracias a su legado histórico y su naturaleza. Tommy Picone Pexels

Siete cruces

Enfilamos el camino hacia el centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y ponemos rumbo a la Plaza de la Independencia, el corazón político e histórico de la capital. Miramos a nuestro alrededor y enseguida nos conquista la belleza de algunos de sus edificios más representativos.

Ahí quedan la Catedral Metropolitana, del siglo XVI y una de las más antiguas de Sudamérica, pero también el Palacio de Carondelet —sede de la Presidencia de la República— o el Palacio Arzobispal.

El ambiente es animado, mezclando a los vecinos que caminan a ritmo apresurado hacia sus quehaceres, con turistas y vendedores de toda índole.

La Iglesia de San Francisco es, junto con la de La Compañía, uno de los edificios más importantes de Quito.

La Iglesia de San Francisco es, junto con la de La Compañía, uno de los edificios más importantes de Quito. Andres Medina Unsplash

Pero si hay un lugar que concentra verdaderamente la vida del centro, ese es la calle García Moreno, apodada la de las Siete Cruces. Una vía histórica que atraviesa el casco antiguo enlazando algunos de sus templos religiosos más emblemáticos y en la que se encuentran negocios tan arraigados como Sombreros López, que es parte del patrimonio humano ecuatoriano.

Una parada en este negocio familiar en el que varias generaciones llevan trabajando con fieltro y paja toquilla para elaborar tradicionales sombreros, demuestra la pasión por un oficio artesanal ya olvidado en muchos lugares: salir de su local sin un ejemplar en la cabeza es misión harto complicada.

De nuevo en el exterior, nos fijamos en la belleza de las fachadas que jalonan la histórica calle, con sus hermosos balcones y vetustas puertas: es una de esas vías que permiten entender cómo se fue construyendo la ciudad a partir de su antiguo trazado colonial.

La Virgen Alada de El Panecillo de Quito es uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad.

La Virgen Alada de El Panecillo de Quito es uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad. Andres Medina Unsplash

Lo místico y el disfrute

Una de las visitas imprescindibles en Quito vuelve a recurrir al perfil religioso: solo necesitamos echar un ojo a la Iglesia de la Compañía de Jesús, una de las grandes joyas del barroco quiteño, para entender su importancia.

El paseo nos permite descubrir también la elegancia de la Plaza de San Francisco, que se despliega a sus pies y constituye una de las imágenes más reconocibles de Quito con su gran explanada y la escalinata.

Por último, la Plaza de Santo Domingo nos sirve de estudiada transición para alcanzar La Ronda, donde dejamos a un lado los grandes monumentos para centrarnos en los oficios, en la gastronomía y en la memoria popular.

Y es que, este coqueto barrio quiteño constituye uno de los rincones con más personalidad de la parte histórica. Su centro neurálgico es la calle Juan de Dios Morales, más estrecha y adoquinada, repleta de negocios de artesanía local y con ese aire especial que nos traslada al Quito del pasado.

Aquí se halló la antigua puerta de entrada a la ciudad, y aquí es donde, al caer la noche, los negocios se transforman para colmar de opciones a todos aquellos a los que les apetece tomar unas copas mientras escuchan buena música en directo.

Uno de los mercados más populares es el de Santa Clara, donde el barroquismo sigue en los puestos.

Uno de los mercados más populares es el de Santa Clara, donde el barroquismo sigue en los puestos. E. E.

Quito como un quiteño

Si existe una verdad absoluta es que, para poder tomarle el pulso a una ciudad, es necesario visitar sus mercados en hora punta, cuando el ambiente bulle y las escenas cotidianas toman el timón.

Es por ello por lo que, desde el verano de 2026, Quito ha decidido apostar por promover una ruta por esos centros neurálgicos en los que todo pasa: los hay enfocados a la gastronomía y los que apuestan por la artesanía, los que buscan un público extranjero y aquellos que forman parte del día a día de los vecinos.

Es el caso del Mercado de San Francisco, que lleva desde 1893 surtiendo del mejor producto a los quiteños. Pasear por sus pasillos es toparse con puestos donde la sabiduría ancestral sigue estando al servicio de quienes lo soliciten. Grandes conocedores de las hierbas medicinales ofrecen ungüentos y mezclas para curar casi cualquier cosa.

En los mercados se mezclan puestos de fruta con algunos de artesanía que siguen mantiendo viva la tradición quiteña.

En los mercados se mezclan puestos de fruta con algunos de artesanía que siguen mantiendo viva la tradición quiteña. E. E.

En el Mercado Central, sin salir del centro histórico, hay que disfrutar de la gastronomía local: es la oportunidad perfecta para catar los sabores ecuatorianos y compartir espacio con los locales. ¿Una parada imprescindible? Las Corvinas de Doña Concha, todo un must.

Conocer los oficios tradicionales y adquirir alguna que otra pieza de artesanía que llevarnos de recuerdo será posible en el Mercado de Santa Clara, en el barrio de La Mariscal. Y, de paso, quizás sea buena idea probar sus conocidas empanadas de morocho, elaboradas con harina de maíz y rellenos diversos.

El ambiente más casual, allí donde los quiteños hacen sus compras diarias, lo encontramos en el Mercado La Carolina, en Iñaquito, en cuyos puestos aprenderás todo sobre la gran diversidad agrícola ecuatoriana. Y, como nunca está de más continuar probando la gastronomía, nada como un helado de paila —esto es, que se prepara en un recipiente de bronce o cobre porque transmite mejor el frío— para poner fin al festín.

Excursión al Volcán Pichincha que aparece siempre como el vigilante gigante de Quito.

Excursión al Volcán Pichincha que aparece siempre como el vigilante gigante de Quito. Tomas Sevilla Unsplash

Las vistas de la ciudad desde el volcán Pichincha son impresionantes.

Las vistas de la ciudad desde el volcán Pichincha son impresionantes. Diego F. Parra Pexels

Acabamos como empezamos ¡en las alturas! Dejamos atrás las calles empedradas y nos dirigimos hacia la estación del TelefériQo, desde donde parten las telecabinas que, en solo 18 minutos, nos trasladarán sobre la ladera del volcán Pichincha y entre nubes hasta Cruz Loma, ubicado a 4.050 metros sobre el nivel del mar.

Lejos queda de nuevo el bullicio urbano mientras el horizonte se despliega ante nosotros sobre el valle andino, dándonos la oportunidad de asomarnos a miradores desde los que contemplar, una vez más, la capital a nuestros pies.

Desde este punto parten, además, diversos senderos que se adentran en el páramo otorgando la oportunidad de conocer una versión mucho más natural y menos urbanita de la capital ecuatoriana. La ascensión al Rucu Pichincha, una de las cumbres del macizo, que alcanza unos 4.696 metros, es solo apta para los más experimentados.

Eso sí, en la mochila hay que asegurarse de llevar ropa de abrigo, cortavientos y calzado cómodo. A estas alturas —literalmente—, nunca se sabe cómo se puede comportar el clima.

Source – El Español – Destinos