El futuro no vota

El principal afectado por las elecciones del 29 de noviembre no podrá votar. Es el español del futuro, aquel que todavía no ha nacido, pero que tendrá que vivir con las consecuencias de esta votación. Las democracias modernas tienen una gran capacidad para escuchar las … demandas del presente y una notoria incapacidad para defender los intereses del porvenir. Hace medio siglo, Daniel Bell identificó en ‘Las contradicciones culturales del capitalismo’ la tensión entre una economía que necesitaba disciplina, ahorro e inversión y una cultura entregada a la gratificación inmediata. Esa contradicción se ha trasladado a la política. Los políticos compiten por satisfacer al elector de hoy, no por rendir cuentas ante el ciudadano de mañana.
El debate sobre las pensiones constituye el ejemplo perfecto. Ester Muñoz, portavoz del PP, dijo que el sistema «va a petar». Alberto Núñez Feijóo corrió a desautorizarla y declaró innegociable su revalorización según el IPC. Pedro Sánchez aprovechó para presentarse como salvador de los pensionistas y Carlos Cuerpo invocó un examen de la AIReF, que contiene una advertencia alarmante, para descartar alarmismos. Hasta Santiago Abascal se sumó al mensaje. Todos han participado, de una forma u otra, en el mismo engaño. Porque ni las pensiones van a desaparecer mañana ni su sostenibilidad está garantizada. La AIReF ha advertido de que superar el examen acotado por el Gobierno de Sánchez no asegura la sostenibilidad. Pero reconocerlo puede costar votos. Es más rentable prometer que nunca habrá sacrificios. El problema trasciende las pensiones. Ocurre con las actuaciones sobre la oferta de vivienda -siempre difícil de ampliar- o con la deuda pública, que permite consumir hoy recursos que pagarán otros. Y con las reformas educativas, administrativas o productivas, cuyos costes políticos son inmediatos mientras sus beneficios tardan años en aparecer.
Siguiendo a Bell, habría que decir que la democracia contemporánea ha heredado del capitalismo de consumo una contradicción: requiere sacrificios para sostener la prosperidad futura, pero recompensa políticamente a quien promete evitarlos. Y esto tiene su reflejo en la geopolítica. Un ensayo reciente de Simon Curtis e Ian Klaus sostiene que Occidente está perdiendo frente a China algo más importante que una competición tecnológica: la capacidad de imaginar y construir el futuro por su capacidad de fijarse metas de largo plazo y su insensibilidad ante el sacrificio personal frente al (supuesto) interés colectivo. El problema surge cuando la política transforma aspiraciones legítimas, pero potencialmente incompatibles, en promesas simultáneas que nadie está dispuesto a financiar explícitamente.
La responsabilidad, sin embargo, no corresponde exclusivamente a los políticos. Los electores también castigamos a quienes nos dicen verdades desagradables. Queremos servicios públicos excelentes, impuestos reducidos, pensiones generosas y ninguna factura pendiente. Una democracia envejecida corre el riesgo de convertirse en una máquina de satisfacción del presente, financiada por el futuro. La pregunta decisiva de estas elecciones no debería ser solamente qué ofrecen los partidos para los próximos cuatro años, sino qué país tendremos dentro de cuarenta.
Source – ABC News

