El estremecedor encuentro en Salvados entre una víctima y el etarra que asesinó a su familia: “Pues claro que le perdono”

Hay imágenes que la televisión tiene que enseñar y otras que sólo puede permitirse mirar desde lejos. Anoche, Salvados hizo algo todavía más difícil: renunció a la imagen que cualquier programa habría querido tener. Fernando Garrido, víctima de ETA, y Josemi Latasa, el terroristsa de ETA que participó en el asesinato de sus padres y de su hermano, se sentaron frente a frente 40 años después. Hablaron durante hora y media. Las cámaras se quedaron fuera. Nosotros también.

Sólo una ventana. Dos figuras a lo lejos. Un apretón de manos. Después, un abrazo que tampoco necesitábamos ver de cerca. Y probablemente ahí estuvo la grandeza de El encuentro: entender que aquel momento no pertenecía a Salvados, ni a Gonzo, ni muchísimo menos a los espectadores. Pertenecía únicamente a dos hombres unidos para siempre por el peor vínculo imaginable.

Uno era la víctima. El otro, el verdugo. Y Salvados no confundió en ningún momento los lugares.

El programa ni siquiera estaba previsto cuando el equipo empezó a preparar esta temporada. Surgió por el camino y acabó convirtiéndose, como Gonzo reveló a EL MUNDO antes del estreno, en uno de los trabajos que más le han marcado. No es difícil comprender por qué. El formato terminó ejerciendo de intermediario para hacer realidad una posibilidad abierta 15 años atrás, cuando Latasa escribió a Garrido para pedirle perdón. La nota previa ya explicaba que aquella carta había dejado abierta la puerta a un acercamiento que nunca se había producido.

En realidad, anoche Salvados volvió a aquello para lo que nació y que la televisión, tantas veces esclava del ruido, olvida: sentar a alguien, escuchar, preguntar y ver. A partir de ahí cada uno es libre de interpretar como considere. No hacía falta nada más. No hacían falta reconstrucciones espectaculares, ni música que indicase al espectador cuándo emocionarse, ni un primer plano del perdón. Había una historia tan brutal que cualquier adorno habría sido una obscenidad.

Gonzo tuvo además que hacer dos entrevistas que exigían dos posiciones completamente distintas. Ante Fernando Garrido, la de quien pregunta a una víctima que el 25 de octubre de 1986 acompañó a sus padres y a su hermano hasta el coche, pero que, por casualidad, no subió con ellos. Oyó después la explosión: “Todo vibró y solo pensaba ‘que no sea, que no sea'”. Fueron asesinados su padre, Rafael Garrido, gobernador militar de Guipúzcoa; su madre; y su hermano de 16 años.

Ante Josemi Latasa, Gonzo tenía delante a uno de los hombres que provocaron aquel horror. Un terrorista. Arrepentido, sí. Un hombre que rompió con ETA, que cumplió condena, que pidió que la organización dejara de matar, que fue señalado como traidor por sus antiguos compañeros. Pero el hombre que conducía la moto desde la que se colocó la bomba en el coche de la familia Garrido. Salvados contó su arrepentimiento sin convertirlo en absolución. Esa línea era extraordinariamente fina y Gonzo nunca la pisó.

Porque el programa no trataba de equiparar dos dolores. Trataba de comprender qué ocurre cuando, cuatro décadas después, quien provocó el dolor necesita mirar a los ojos a quien se lo causó.

Y para llegar hasta ahí había que regresar a una carta.

En 2011, Latasa leyó unas declaraciones de Garrido lamentando que ninguno de quienes habían asesinado a su familia le hubiera pedido perdón. “Aquello me removió las tripas”, recordó anoche. Entonces escribió. Quiso hacerlo discretamente, sin publicidad, porque si aquello acababa convertido en espectáculo público “no sirve para nada”.

La carta es demoledora precisamente porque no intenta serlo. “A mí, al revés que a ti, el dolor ha pasado de ser superficial a ser consciente y latente”, escribió. Y después llegó la frase que 15 años más tarde continúa siendo insoportable: “Yo era el conductor satánico de aquel vehículo que llevaba a la muerte a los tuyos”. No le exigía el perdón. Ni siquiera se lo pedía como contrapartida. “Yo sí te pido perdón directamente”, decía.

Fernando Garrido respondió entonces con unas pocas líneas: “Gracias por tu carta y por tu valentía. La veo sincera”. Y acabó escribiendo una frase que tardaría década y media en cumplirse: “Si algún día quieres que nos conozcamos personalmente estoy abierto”.

Ese día fue ayer.

Antes, sin embargo, Salvados tuvo que recorrer los dos caminos. El de Garrido, refugiado durante años en la montaña, intentando construir una vida sobre un agujero imposible de rellenar. Y el de Latasa, explicando cómo entró en ETA siendo plenamente consciente de lo que hacía, cómo funcionaba aquella maquinaria y cómo la propia organización despachó la muerte de la mujer y del hijo de Rafael Garrido como “daños colaterales”. Él mismo reconoció que aquello empezó a romper algo dentro de él, aunque no abandonó inmediatamente: “La rueda seguía girando y la dinámica te lleva ahí. Parar ahí es muy difícil”. “¿Me estás diciendo que seguiste matando por inercia?”, le preguntó Gonzo. “Sí”.

Y aquí volvió a estar uno de los aciertos del programa: dejar que el arrepentimiento explicara a Latasa, pero nunca que borrara a Latasa.

Porque arrepentirse no modifica lo sucedido. Pedir perdón no resucita a nadie. Y perdonar no obliga a olvidar.

De hecho, Fernando Garrido fue quien convirtió El encuentro en algo mucho más complejo que un programa sobre ETA -porque no era un programa sobre ETA-. Su reflexión sobre la convivencia, su rechazo a la utilización política de las víctimas y, sobre todo, su manera de afrontar la cita desmontaron cualquier tentación de convertir aquello en una ceremonia televisiva de reconciliación. Garrido no acudió para representar a las víctimas. Acudió como Fernando.

Sabía, además, lo que podía venir después. Sabía que habría quien no entendiera que aceptara reunirse con el hombre que había participado en el asesinato de su familia. Pero su decisión era suya. Como su dolor. Como su perdón.

Salvados

El encuentro entre Fernando Garrido y Josemi Latasa.ATRESMEDIA

Y puso una condición definitiva: “Lo que yo no quería era hacer un espectáculo”. Latasa tampoco quiso cámaras porque, como dijo, “lo de la culpa y el perdón es una cosa muy personal”. Así que cuando llegó el instante que cualquier televisión habría convertido en el gran momento de la noche, Salvados cerró la puerta.

Dentro quedaron ellos. Fuera quedó Gonzo. Y fuera nos quedamos todos.

Una hora y media después salió primero Josemi Latasa. “Ha sido entrañable”, dijo. Y de Fernando Garrido sólo pudo decir: “Es una persona admirable”. Había conseguido hacer aquello para lo que había ido: mirarle a los ojos y pedirle perdón. “Tenía mis miedos; no sabía cómo me iba a recibir, pero al final me ha dado un abrazo”. Fue él quien pidió ese abrazo y en él sintió que había sido perdonado. “No lo he visto como un triunfo. Me ha llenado”.

Después salió Fernando. Y entonces Gonzo hizo probablemente la pregunta que tenía que hacer: si le había perdonado.

La respuesta explica todo el programa. “No he dicho las palabras ‘yo te perdono’, porque yo, ¿quién soy?”. No le había hecho falta. “Pero si tú me preguntas, pues claro que le perdono”. Contó que Latasa había llorado mucho. Que él había intentado contenerse. Que se habían abrazado. “Eso ha sido muy emocionante”. Y cuando quiso explicar cómo estaría aquella noche, la voz se le rompió: “Estaré hecho polvo, pero…”. Ya no pudo seguir.

Tampoco hacía falta.

Ese fue el instante en el que Gonzo dejó de preguntar. A veces entrevistar consiste precisamente en saber cuándo ya no se puede preguntar nada más.

Salvados cumplió anoche 18 temporadas recordando por qué sigue siendo uno de esos programas que la televisión necesita. No porque consiguiera sentar a una víctima frente a su verdugo. Ni siquiera porque lograra un encuentro pendiente desde hacía 15 años. Sino porque, cuando tuvo delante el material televisivo más poderoso, decidió no apropiárselo.

Podía haber colocado una cámara dentro. Podía habernos enseñado las lágrimas, el perdón, el abrazo. Podía haber convertido la intimidad de dos hombres en un minuto destinado a circular durante días por las redes sociales. No lo hizo. No hacía falta.

Una ventana. Dos hombres a lo lejos. Un apretón de manos.

A veces, la mejor televisión es la que sabe apartarse.

Source – Televisión // elmundo