La cara oculta de los influencers: 21 días sin móvil para descubrir que la vida perfecta de las redes no existe
Lo tienen todo. O, al menos, todo aquello que las redes sociales nos han enseñado a desear. Fama, dinero, miles de seguidores, viajes, éxito profesional, una vida aparentemente perfecta y un ejército de desconocidos dispuesto a regalarles un “me gusta” a cualquier hora del día. Son los nuevos referentes de una generación que ha aprendido a medir el éxito en seguidores y la felicidad en corazones. Pero ¿qué ocurre cuando se apaga el teléfono? ¿Cuando desaparecen los likes, las notificaciones, los comentarios y esa necesidad permanente de demostrar que tu vida es mejor que la de los demás? ¿Qué queda de uno mismo cuando nadie está mirando?
La respuesta, probablemente, no sea la que muchos esperan. Y eso es precisamente lo que descubre Sin señal, el docurreality disponible en Prime Video y Mediaset Infinity que ha reunido a ocho influencers durante 21 días en un retiro sin teléfonos móviles ni acceso a sus redes sociales. Tres semanas para dejar de mostrar quiénes son y empezar a descubrirlo. Una experiencia que, lejos de convertirse en el síndrome de abstinencia digital que cualquiera habría imaginado, terminó revelando algo mucho más incómodo: lo verdaderamente difícil no era vivir sin el móvil, sino regresar a una vida que gira alrededor de él.
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“Yo estaba bien cuando dejé el móvil y volví a estar mal cuando salí”, confiesa Luc Loren a EL MUNDO. El creador de contenido y DJ, uno de los protagonistas del programa, no tiene reparos en reconocer que llegó al retiro atravesando uno de los peores momentos personales de su vida. Llevaba años dedicado a las redes sociales, había alcanzado el éxito profesional, disfrutaba de estabilidad económica y tenía una familia y unos amigos que le querían. Sin embargo, no era feliz.
“Estar expuesto constantemente, esa necesidad de estar siempre arriba, de dar titulares, de no pasar de moda, de renovar tu creatividad, es insostenible en el tiempo”
“Lo tenía todo y, aun así, estaba mal. Estaba tomando antidepresivos y llevaba años de terapia”, reconoce. Su confesión rompe de golpe esa imagen de felicidad inagotable que suele acompañar a quienes se ganan la vida exhibiendo la suya. “Estar expuesto constantemente, esa necesidad de estar siempre arriba, de dar titulares, de no pasar de moda, de renovar tu creatividad, es insostenible en el tiempo. Una persona necesita descansar. La creatividad necesita descansar“, afirma.
Cuando le propusieron participar en Sin señal, no necesitó demasiadas explicaciones. Durante el proceso de selección, recuerda, rompió a llorar. “Les dije que, si no me cogían como participante, me cogieran de cámara, porque necesitaba hacer ese retiro. Necesitaba apagar el móvil”, revela. Lo curioso es que apagarlo fue lo de menos.
El programa, producido por Komodo Canarias, reúne a Luc Loren, Jedet, Carla Flila, Misho Amoli, Jorge Brazález, Erola Jons, Fati Vázquez y Uxue López. Ocho perfiles diferentes, acostumbrados a vivir bajo el escrutinio público, que se enfrentan a una experiencia de convivencia, introspección y autoconocimiento guiados por Beatriz Luengo, como mentora, y tres especialistas: Crys Díaz, Alba Cardalda y José Sánchez.
A lo largo de seis episodios, las cámaras recogen ejercicios físicos, dinámicas de grupo, conflictos, lágrimas, conversaciones incómodas y momentos de una vulnerabilidad poco habitual en quienes han construido buena parte de su identidad pública a través de una pantalla.
Pero había algo que ni siquiera los responsables del formato habían previsto: los participantes no echaron tanto de menos sus teléfonos como se esperaba.
“Cuando desaparecen los vínculos virtuales, nos quedan los vínculos humanos”, explica a EL MUNDO José Sánchez, neurocientífico y doctor en Psicología, responsable de trabajar con los participantes la espiritualidad y la mente desde una perspectiva científica. “Estaban en un entorno idílico, con personas nuevas, sin responsabilidades laborales en ese momento. Y disfrutaron de esos vínculos humanos, que son mucho más estables que los virtuales”, cuenta.
Luc Loren confirma esa sorpresa: “Se creó una burbuja de silencio. El programa pensaba que íbamos a tener mucha ansiedad al quitarnos los móviles y tuvieron que modificar parte de lo previsto porque se dieron cuenta de que lo que necesitábamos era descansar de ellos”.
Eso no significa que los ocho desaparecieran realmente de internet. Sánchez introduce un matiz que cambia bastante la percepción del experimento: muchos habían dejado publicaciones programadas y contaban con representantes que continuaban gestionando sus perfiles. Sus seguidores seguían recibiendo contenido. Lo que ellos habían perdido era el acceso a esa respuesta inmediata que alimenta buena parte de su actividad profesional.
Beatriz Luengo y Luc Loren en una imagen de Sin Señal.
“Sus seguidores no estaban sin ellos. Lo que fue real es que no podían recibir la validación externa constante que reciben cada día. Y eso, en su caso, ya es bastante”, explica el neurocientífico.
Porque detrás de la desconexión digital había una cuestión bastante más profunda que la de comprobar cuánto tiempo puede aguantar una persona sin consultar Instagram: ¿hasta qué punto nuestra identidad depende de lo que los demás piensan de nosotros?
José Sánchez no buscaba provocar lágrimas ante las cámaras. O, al menos, ese no era su objetivo. “Yo no busco tanto la emoción como la profundidad”, explica. Sus ejercicios pretendían enfrentar a los participantes a preguntas que rara vez encuentran espacio entre una publicación patrocinada y un vídeo viral: quiénes somos, para qué estamos aquí, qué sentido tiene nuestra vida, cómo nos relacionamos con los demás o cómo afrontamos la muerte. “Eso no lo pueden curar las redes sociales, ni la fama, ni el dinero, ni la validación social externa”, sostiene.
Una de las dinámicas consistía en pedirles que colocaran simbólicamente a las personas importantes de sus vidas en distintos círculos de cercanía. Familia, amigos, relaciones íntimas y seguidores. El ejercicio buscaba hacerles comprender algo aparentemente obvio, pero que las redes han contribuido a difuminar: tener cientos de miles de seguidores no significa tener cientos de miles de amigos.
“Puedes tener un millón de seguidores y no conocer ni a una mínima parte. Es una profesión que puede irles muy bien económicamente, pero en la que también existe mucha soledad”, señala.
Para Luc Loren, que comenzó su carrera en el entorno creativo de Dulceida cuando ser influencer ni siquiera era una profesión consolidada, el problema está precisamente en esa transformación de las redes. Lo que empezó como una forma de compartir contenido por diversión se ha convertido en una industria en la que parece obligatorio triunfar, crecer, monetizar y no desaparecer jamás.
“Estamos constantemente viendo vidas mejores que la nuestra, comparándonos, queriendo ser otra persona. Es supertóxico”, reconoce. Y lo dice sin caer en el discurso de quien reniega de aquello que le ha dado de comer: “Somos gente muy privilegiada que ganamos mucha pasta. Estoy cansado de ese tópico de los influencers que trabajamos muchísimo. Pero una cosa es reconocer nuestro privilegio y otra negar las consecuencias de vivir permanentemente expuestos”.
La paradoja es evidente. Cuanto mayor es el éxito, mayor puede ser también la necesidad de conservarlo. Y cuanto más se depende de la aprobación ajena, más difícil resulta sentirse suficiente.
“La autoestima termina basándose en tener más fama, más likes, más dinero, mejor cuerpo… Y nunca vas a ser suficiente”, reflexiona Loren. “Nos han puesto unos estándares totalmente inalcanzables. Gran parte de las personas muestra una vida que ni siquiera sabemos si es verdad”, dice.
Una de las escenas más impactantes de Sin Señal.
Sin embargo, José Sánchez se resiste a convertir la tecnología en el enemigo. Su diagnóstico es más complejo y apunta directamente al funcionamiento de las plataformas. “El problema no es el móvil o la pantalla. El problema es la economía de incentivos de las empresas que gobiernan esto”, asegura.
El neurocientífico explica que buena parte del atractivo de las redes reside en la incertidumbre: no saber qué está ocurriendo en nuestro perfil, quién ha reaccionado, cuántos likes hemos recibido o qué novedad aparecerá al deslizar el dedo. Esa recompensa imprevisible nos empuja a comprobar una y otra vez el teléfono.
“Lo que engancha es la incertidumbre. Como no sé qué está ocurriendo en Instagram, por si acaso voy a mirar”, resume.
Y advierte de otro fenómeno: los algoritmos no necesariamente recompensan lo más verdadero, lo más útil o lo más reflexivo. A menudo favorecen aquello que consigue captar nuestra atención, aunque sea mediante la exageración, la impulsividad o la desinformación.
“Estamos dando recompensa a la rapidez, a la mentira, a las cámaras de eco. No se favorece la reflexión ni los puentes entre la gente”, denuncia.
Por eso considera insuficiente reducir el debate a las horas que pasamos delante de una pantalla. Importa también qué hacemos durante ese tiempo, qué estímulos recibimos y qué relaciones estamos sustituyendo.
La solución que propone no tiene demasiado que ver con aplicaciones para controlar el tiempo de uso ni con grandes promesas de transformación personal. Habla de recuperar algo tan poco novedoso como los amigos, el barrio, las asociaciones, los grupos de lectura y las conversaciones cara a cara.
En Sin señal, los participantes lloran, discuten, se sinceran y se enfrentan a aspectos de sí mismos que probablemente nunca habrían mostrado voluntariamente en sus perfiles. Pero el experimento tiene una limitación inevitable: dura 21 días. Después hay que regresar a casa, al trabajo, a las marcas, a las obligaciones y a ese teléfono que vuelve a iluminarse sin descanso.
“Estamos dando recompensa a la rapidez, a la mentira, a las cámaras de eco. No se favorece la reflexión ni los puentes entre la gente”
Ahí es donde Luc Loren sitúa el verdadero golpe: Cuando salimos de aquella burbuja volvimos al mismo contexto social. A la necesidad de responder rápido, de validarte, de mostrarte, de demostrar tu éxito. Yo volví a estar mal. Fue muy fuerte”
Necesitó varios meses para empezar a aplicar lo aprendido durante el retiro. Y asegura que la experiencia, sumada al trabajo terapéutico que ya venía realizando, ha cambiado su manera de entender el éxito.
Ahora está impulsando nuevos proyectos empresariales relacionados con la organización de eventos en Barcelona, pero ya no vive con la misma obsesión por demostrar que todo cuanto hace debe funcionar inmediatamente.
“Hago las cosas por pasión, porque creo en ellas, no buscando constantemente el éxito. Si haces algo porque realmente quieres hacerlo, contemplas el fracaso y no necesitas triunfar a toda costa, ahí es cuando eres feliz”, asegura.
Sánchez observa esa evolución con especial satisfacción. Entre ambos se estableció durante el retiro una relación de confianza que el neurocientífico recuerda con cariño. Pero también advierte de que cambiar no resulta sencillo cuando aquello que nos perjudica es, al mismo tiempo, lo que nos proporciona dinero, fama y reconocimiento.
“Tienen incentivos perversos para no cambiar”, explica. “Cuando vuelves, tienes que decidir cómo mejoras algo que precisamente te está dando dinero y fama. Y esas son decisiones difíciles”, añade.
No todos los participantes afrontaron el proceso de la misma manera ni llegaron a las mismas conclusiones. Y tampoco sería razonable presentar tres semanas de convivencia como una solución universal a problemas que pueden llevar años gestándose. La propia experiencia de Loren demuestra que la transformación personal no se completa cuando terminan de grabar las cámaras.
Quizá lo más interesante de Sin señal sea que su mensaje no se dirige exclusivamente a quienes viven de las redes sociales. Ni siquiera, necesariamente, a quienes siguen a sus protagonistas. “Creo que el público objetivo son los padres con sus hijos sentados en un sofá. Lo tengo clarísimo”, asegura José Sánchez.
El neurocientífico considera que el docurreality puede convertirse en una herramienta para conversar con adolescentes que han crecido viendo cómo personas de su edad, o apenas unos años mayores, acumulan seguidores, contratos publicitarios, viajes y una aparente felicidad sin límites.
“Cuando un hijo nos diga que quiere ser influencer o youtuber, habría que decirle: mira Sin señal“, propone. “Que vea cómo viven, cómo sufren, cómo tienen miedos a pesar de todo el dinero, toda la fama y toda la gente que les sigue”.
Luc Loren comparte esa preocupación. Y no porque crea que las redes sociales deban desaparecer. Al contrario, reivindica su capacidad para ofrecer referentes, aumentar la representación de colectivos y ayudar a muchas personas a sentirse menos solas: “Las redes sociales no son malas. Lo que necesitamos es aprender a utilizarlas”.
Su consejo para los adolescentes tiene poco de revolucionario: bajar al parque, relacionarse cara a cara, reservar momentos sin teléfono y dejar de comparar permanentemente su vida con la de los demás. “Que no basen su autoestima en tener éxito, porque si lo hacen nunca será suficiente. Que aprendan a mirar hacia dentro y a disfrutar del presente”, sentencia.
Bajo la apariencia de un reality protagonizado por influencers, el programa plantea preguntas que afectan a cualquiera que haya cogido el teléfono sin saber muy bien para qué, que haya sentido la necesidad de consultar una notificación en mitad de una conversación o que alguna vez haya pensado que la vida de los demás parece bastante mejor que la suya.
Porque no hace falta tener un millón de seguidores para vivir pendiente de la aprobación ajena. Ni dedicarse profesionalmente a las redes sociales para olvidar lo que sucede alrededor mientras miramos una pantalla.
Quizá la gran lección de Sin señal no sea aprender a vivir sin móvil, sino comprender que la vida que importa es precisamente la que no necesita ser mostrada.
Source – Televisión // elmundo






