Yo maté a Maricarmen

Yo maté a Maricarmen, o eso se desprende de las acusaciones que recibo de la izquierda. La maté cuando entrevisté a su casero, que decía que era un cardo y que había abusado durante décadas de los propietarios de la casa gracias a un contrato … de renta antigua. Me llaman asesino por las redes y también por WhatsApp algunos amigos que, ahora que lo pienso, quizá no lo fueran tanto.
Acepto los cargos. Sigo creyendo que a la pobre Maricarmen Abascal la seleccionaron para ser la infeliz protagonista de un tenderete político que iba a dar gloria a mucha gente a su costa. Lanzar a una mujer de su edad al estrellato, convertirla en el centro de los comentarios de un país entero y aconsejarla de tal manera que la Policía acabara rompiendo su puerta me parece un consejo temerario. Yo nunca se lo habría dado a mi madre, a la que ponen por las redes como hoja de perejil, por cierto. Tampoco sé si el desahucio, su resistencia y el hecho de abandonar finalmente una casa que no era suya fueron causa de su final: llegado un momento de la vida, a todos nos mata el paso del tiempo.
Desahuciados los hay a patadas y tuvieron que fijarse en alguien que contravenía algunos de los estereotipos de la izquierda
Consternada por la partida de su mártir republicana, la rosa número catorce, la izquierda marcha en un sentido funeral de banderas, sentimentales e irrebatibles. A ver quién es el que disiente de una amable viejecita. En realidad, quizá la seleccionaron precisamente por eso: desahuciados los hay a patadas y tuvieron que fijarse en alguien que contravenía algunos de los estereotipos de la izquierda.
Que estaba en el final de sus días lo hemos comprobado, desgraciadamente. Pero era una mujer de economía aseada, que había vivido toda su vida en un barrio de lujo, alojada en un edificio construido durante el franquismo, mantenida bajo techo por una ley de la dictadura y desalojada por una norma socialista. No parecía, ‘a priori’, una mártir de la izquierda. Pero era mayor.
Ni siquiera el problema de la vivienda parecía prioritario para un Gobierno que solo ha conseguido empeorarlo durante sus años en el poder. Hasta tenía un ministerio cuyo número tres era amigo de la infancia de Sánchez que se gastaba el dinero en fiestas con DJ y viajes por el mundo y, que cuando disolvieron las cortes, estaba en Buenos Aires, en uno de esos congresos de arquitectura en los que todo el mundo es guapo y viste ropa en gama de grises.
Por las redes he recibido muchas lecciones de buenos sentimientos de gente que me desea la muerte, que pone banderillas a mis hijos y a la que le gustaría verme arrancados los ojos.
Obviamente, dudar de que existan inquilinos buitre como la difunta no supone desearle la muerte, como es natural. Lo cierto es que quienes mataban a gente por sus ideas con un tiro en la nuca son los socios del Gobierno. Pero esa es otra historia.
Por las redes he recibido muchas lecciones de buenos sentimientos de gente que me desea la muerte, que pone banderillas a mis hijos y a la que le gustaría verme arrancados los ojos. Gente que verbaliza que quisiera verme bajo tierra. Y, sin embargo, no pita la maquinita del odio de Moncloa que salta cuando uno recomienda comer cinco piezas de fruta al día. Eso sí que es un ataque a la democracia: no que haya ministros que señalen como bazofia humana a periodistas que disienten, como es mi caso
Aquí aparece la paradoja en la que se desea el mal más cruel a quien se considera que no ha sido suficientemente bueno. Se perfila en el horizonte la ejecución sumarísima por falta de empatía con el agravante de utilizar el humor para transitar por las tinieblas de la realidad. Ajusticiar a la gente en nombre del restablecimiento del bien superior ha sido tan común en la historia que ya no sé de qué nos sorprendemos.
Source – ABC News

