Ni desinterés, desobediencia o falta de madurez: no todos los niños aprenden al mismo ritmo
El regreso a las aulas devuelve a los niños a un escenario marcado por horarios, rutinas y unas expectativas que, en principio, son comunes para todos. Sin embargo, el desarrollo infantil no sigue un calendario idéntico y existe una tendencia inevitable de comparar. La realidad … es que en una misma clase pueden coincidir alumnos con casi un año de diferencia, una distancia que, especialmente durante los primeros años, puede traducirse en diferencias importantes en términos de maduración.
La brecha entre unos niños y otros no se refleja únicamente en cuestiones académicas, como reconocer letras, empezar a leer o completar una actividad con mayor rapidez. También puede apreciarse en aspectos cotidianos como permanecer sentado durante un periodo de tiempo, aceptar una frustración, seguir varias instrucciones seguidas, organizar sus materiales, solicitar ayuda o controlar su comportamiento cuando aparece el cansancio. En ocasiones, conductas que los adultos interpretan como desinterés, desobediencia o falta de madurez tienen detrás unas funciones neurobiológicas que todavía están en proceso de consolidación.
«El desarrollo infantil tiene ventanas orientativas, pero no todos los niños alcanzan las mismas habilidades a la vez. Funciones como la atención sostenida, la autorregulación o la planificación maduran a ritmos distintos, y esas diferencias se notan especialmente cuando en una misma aula conviven niños con casi un año de diferencia. Por eso conviene distinguir entre una maduración más lenta dentro de la normalidad y un retraso del desarrollo, que sí requiere valoración específica. Forzar expectativas sin tener en cuenta esa diferencia puede hacer que el niño viva el aprendizaje bajo presión», explica Guillermo Ruiz-Ocaña, neuropediatra del Hospital Universitario Sanitas La Moraleja.
El problema surge, tal y como explican los expertos, cuando se equipara madurez con rendimiento. Que un alumno tarde más en vestirse, necesite más tiempo para completar una ficha o tenga dificultades para pasar de una actividad a otra no significa necesariamente que exista un problema de aprendizaje. Lo relevante, indican, es observar la evolución y determinar si esas dificultades se mantienen en el tiempo, se producen en diferentes contextos y terminan interfiriendo en la vida cotidiana del menor.
Las familias han de ser conscientes, además, de que la forma en la que los adultos interpretan estas diferencias puede tener consecuencias sobre el bienestar emocional. «Cuando un niño escucha de forma repetida que va por detrás, que es lento o que debería comportarse como los demás, puede empezar a construir una percepción negativa de sus propias capacidades. La comparación constante puede generar frustración, inseguridad y favorecer conductas de evitación, irritabilidad o rechazo hacia determinadas tareas o incluso hacia el entorno escolar. Por ello, es importante que el mensaje adulto no se centre en etiquetar al niño o compararlo con otros, sino en acompañar aquellas habilidades que todavía está desarrollando, reconocer sus avances y reforzar su progreso respecto a sí mismo», señala Carla Álvarez Llaneza, psicóloga de Blua de Sanitas.
Ante esta diversidad de ritmos, estos especialistas en infancia recomiendan tener en cuenta algunas pautas para acompañar a los menores durante el curso:
Observar la evolución
Señales de alarma
Observar la evolución y no una conducta puntual. Un episodio aislado de cansancio, frustración o falta de atención no constituye por sí mismo una señal de alarma. Es más importante comprobar si las dificultades se repiten, si aparecen tanto en casa como en el colegio, si se intensifican cuando el niño está cansado o si están vinculadas exclusivamente a determinadas actividades.
Reconocer avances, valorar logros…
No comparar
No comparar con otros niños. Las comparaciones con compañeros o hermanos pueden aumentar la presión y generar una percepción negativa de las propias capacidades. Resulta más útil poner el foco en la evolución individual, reconocer los avances y valorar los pequeños logros que va alcanzando.
Rutinas, anticipación…
Favorecer el descanso
Favorecer el descanso y anticipar los cambios. Dormir poco, comenzar las mañanas con prisas o pasar de una actividad a otra sin tiempo de adaptación puede dificultar la autorregulación. Mantener rutinas previsibles, anticipar lo que va a suceder y dejar cierto margen entre actividades puede ayudar a reducir conflictos.
Si hay malestar emocional…
Valorar por un profesional
Prestar atención al malestar emocional. Determinadas señales, como dolores de tripa recurrentes antes de acudir al colegio, llanto mantenido, aislamiento, irritabilidad o un rechazo intenso y persistente hacia determinadas tareas, merecen ser observadas y, si es necesario, valoradas por un profesional.
Pérdida de habilidades
Valoración prioritaria
Consultar ante una pérdida de habilidades. Si un niño deja de hacer cosas que ya había adquirido, ya sea en el lenguaje, la motricidad o la interacción social, no debe atribuirse simplemente a una diferencia en el ritmo madurativo. La pérdida de capacidades previamente adquiridas requiere una valoración prioritaria.
Cuando las dificultades persisten, la coordinación entre la familia, el pediatra, los profesionales de la psicología y el centro educativo adquiere un papel fundamental. Una valoración temprana puede ayudar a diferenciar entre una variación normal en el ritmo de maduración, la necesidad de determinados apoyos educativos o la existencia de un posible trastorno del neurodesarrollo. El objetivo no es etiquetar al niño, sino entender qué necesita para avanzar sin que el aprendizaje termine convirtiéndose en una fuente de presión, frustración o sensación de fracaso.
Source – ABC News


