EE UU y China se enseñan los dientes por la IA: del miedo al apocalipsis a la guerra fría tecnológica
Toda una generación de estadounidenses quedó marcada por el pavor que sintieron cuando un artefacto soviético sobrevoló por encima de sus cabezas: la sonda Sputnik, el primer satélite artificial del planeta Tierra. Ese momento Sputnik no solo espoleó a Estados Unidos en la carrera espacial, que acabó con la URSS descarrilando y Neil Armstrong saltando en la Luna. También se convirtió en la gran metáfora de la carrera más vistosa de la Guerra Fría. Ahora, la gigantesca competencia de las dos superpotencias de nuestra era ha cambiado un actor, China por la URSS, pero se sigue disputando en todos los frentes: el comercio, el espacio, el armamento… Y la inteligencia artificial.
La llegada de los modelos más potentes ha revolucionado la economía y ha provocado un gran choque geopolítico por conseguir controlar una tecnología que ya moldea el presente y que va a redefinir el futuro. Y ahora que han empezado a materializarse los mayores temores sobre el peligro de la inteligencia artificial (IA) en el debate público global, las dos potencias han vuelto a chocar. “El que gane la inteligencia artificial será el ganador”, resumió Donald Trump el domingo y el lunes señaló directamente al enemigo: “La única contenta [con la idea de ralentizar la IA] es China”. Desde Pekín se ha respondido con indignación, acusando a EE UU de volver a la retórica de la Guerra Fría. Pocas veces ambas potencias habían exhibido de forma tan descarnada que la regulación de la IA va a definir su rivalidad global. El 24 de septiembre estas tensiones se concentrarán en un único punto del planeta, en los pocos metros cuadrados del Despacho Oval, donde Trump recibirá a su homólogo Xi Jinping.
En este gigantesco conflicto por el poder de la IA hay numerosas batallas decisivas, desde el control de la cadena de suministro de los chips más potentes (que EE UU le niega a China) hasta la masa laboral de ingenieros capaces de desarrollar las mejores herramientas. Pero estos días, la carrera de la IA se ha concentrado en una nueva trinchera: cómo evitar el apocalipsis. Exageradas o no, las palabras de Jacob Coxon, el investigador de Anthropic que dejó su trabajo, han acelerado las cosas. “Quienes están construyendo la IA creen sinceramente que podría matarnos a todos antes de que acabe la década”, publicó Coxon el miércoles y este lunes ya estábamos recogiendo el enfado de China por cómo el discurso catastrofista había desembocado en Pekín. De pronto, el principal argumento contra frenar una tecnología potencialmente peligrosa ya no es el negocio, sino el miedo a que la gane China.

El presidente de Estados Unidos contradijo de un plumazo a la catarata de líderes de las grandes tecnológicas que pedían ralentizar el ritmo de desarrollo de la IA con un único argumento: hay que mantener la ventaja frente al rival asiático que hace sombra al poder americano. “Estamos por delante de China en inteligencia artificial, somos el país más avanzado del mundo y, francamente, quiero que siga siendo así”, zanjó Trump con la gorra de jugar al golf todavía puesta. Al inquilino de la Casa Blanca no le agobian lo más mínimo las advertencias que llegan desde el sector, con escenarios como el dibujado por Dario Amodei, líder de Anthropic, en el que un enjambre de agentes de IA arrase la red: “Dada la aceleración del ritmo de desarrollo de capacidades de IA, me preocupa que en 6 a 12 meses un enjambre de este tipo sea capaz de apoderarse de todo internet con una red de bots que podría causar daños por cientos de miles de millones de dólares”.
Curiosamente, el cofundador y consejero delegado de Anthropic se ha llevado un puntapié desde las dos capitales. Desde Pekín, el portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Guo Jiakun, respondió que “el alarmismo, la confrontación y la competencia despiadada solo perturbarán el proceso de gobernanza global de la IA, que no sirve a los intereses de nadie”. Amodei había advertido de que un “liderazgo chino en IA representaría un grave peligro para Estados Unidos y el mundo” y pidió que se continuaran las restricciones a las ventas de chips de última generación al rival asiático. Pero Washington también cargó contra Amodei. “La Administración de Trump ha frenado a la gente de la IA de hacer cosas malas o potencialmente malas, como Dario (¡Anthropic!), que está jugando ahora a ser un perfecto angelito”, criticó Trump en una publicación en redes llena de mayúsculas y comillas.
Lo que proponía Amodei, y que tanto molesta a Trump, es ralentizar el desarrollo de nuevos modelos de IA mediante revisores externos a las empresas que podrían mirar las tripas de estos programas antes de ponerlos a rodar. En un mercado como el de la IA, en el que se duplican capacidades en cuestión de semanas, soportar esas auditorías que frenen la creación de nuevos productos daría la oportunidad a China de adelantar a las empresas estadounidenses, a las que ya está pisando los talones. Y la Casa Blanca no está dispuesta a vivir su propio momento Sputnik con una superinteligencia china que barra a los competidores estadounidenses. No es solo una cuestión de quién conquista el mercado de los chatbots, puede ser una cuestión existencial en el plano geopolítico.
Un competidor chino para ChatGPT
El bando estadounidense ya vivió en enero de 2025 un jarro de agua fría cuando una pequeña y desconocida empresa china, DeepSeek, lanzó un duro competidor de ChatGPT: una herramienta que funcionaba tan bien o mejor. Además, era gratuita y de código abierto, y se había desarrollado en China pese al embargo de chips y gastando muchísimos menos recursos que la competencia. Mientras las compañías estadounidenses competían gastando miles de millones, DeepSeek había encontrado un atajo computacional que permitía llegar tan lejos sin tanta inversión. Las acusaciones de que los chinos estaban copiando la tecnología estadounidense no tardaron en llegar. En el futuro, el riesgo es que la tecnología china dé un vuelco al tablero global. Ahora mismo, el peligro es que las compañías chinas le roben cuota de mercado a las estadounidenses con chatbots más baratos para el público.

En ese contexto, OpenAI, Anthropic y Google parecen estar de acuerdo en la opción de la autorregulación. El medio especializado en Silicon Valley The Information publicó que las tres compañías llevan ya un tiempo conversando con esa idea en mente: autoimponerse unas reglas que les permitan avanzar con pies de plomo, pero sin demasiadas trabas. El hecho de que sus líderes estén coincidiendo en el mensaje público parece demostrarlo: primero publicó su propuesta Amodei, considerado el más reflexivo entre los magnates de la IA, y le siguieron Demis Hassabis, jefe científico de Google, y Sam Altman, presidente ejecutivo de OpenAI, que apostó por “tener reglas comunes para gestionar el riesgo de la frontera [la IA más avanzada] y así aprovechar al máximo sus beneficios”. Si las grandes tecnológicas estadounidenses logran imponer un estándar regulador en su mercado, podrían cortarle las alas a la competencia asiática.
El ejemplo más próximo es el de TikTok: con el argumento de la seguridad nacional, Washington impuso a la compañía china ByteDance la prohibición de seguir operando en suelo estadounidense, salvo que la compañía vendiera su filial de la popular red social de vídeos a empresas locales. Tras meses de desacuerdos, la situación se desatascó en una conversación telefónica entre Trump y Xi. En esa charla celebrada en septiembre de 2025, los dos mandatarios arreglaron el futuro de TikTok y también acordaron verse dos veces este año: la cumbre de Pekín que tuvo lugar en mayo y la que tendrá lugar la semana que viene en Washington. La cumbre no podía llegar en un momento más caliente para el futuro de la IA y, de hecho, ambos países ya están preparando la conversación en torno a la seguridad de los modelos más potentes. Cuando se llamaron hace un año, seguramente los dos líderes sabían que seguirían chocando en el futuro. Lo que quizá no imaginaban es que ese día, el 24 de septiembre, tendrán encima de la mesa cómo frenar todos los apocalipsis que auguran los gurús tecnológicos.
Source – elpais.com

